lunes, 23 de abril de 2012

Conociendo a Totoro: Crónica desquiciada de un periodista en paro

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

   La semana pasada acudí al Rojo Café para ver la película de Hayao Miyazaki, “Mi vecino Totoro”. Para un hombre que no conoce más mundo que el enclavado en las cuatro paredes de su cuarto, esta clase de experiencias resultan ser extraordinarias. Tanto, que son tema para una crónica.

   Acudí al lugar con la devoción de un hipster, o un otaku amante de los Estudios Ghibli (compañía japonesa que hizo la película, equivalente a Disney en Estados Unidos). Me llamó mucho la atención las buenas críticas a Hayao Miyazaki, director de grandes obras animadas como “La Princesa Mononoke”, “Ponyo en el acantilado”, “El increíble castillo vagabundo” o “El viaje de Chihiro”. Nunca había visto una película del renombrado cineasta nipón, y pensé que era una buena oportunidad para hacerlo por primera vez. Las sensaciones finales son satisfactorias, pero de eso hablaré más adelante.


   Al llegar a Rojo Café, me senté en una mesa y pedí un chocolate, pero me lo trajeron media hora después, con una mesera naufragando en mesas desocupadas. En ese lapso de tiempo muerto, revisé un programa de eventos con las actividades culturales del recinto gastronómico. Me dio coraje saber que una de mis películas favoritas de siempre, “La Vida de Brian”, una comedia del grupo británico Monty Python, fue exhibida un 2 de abril. Lo malo de encerrarse en la casa y no salir ni para tomar aire. Absorto por tanta cultura, tomé un tríptico que parecía de pasta dura para disponer de un buen rato de lectura. Pero me percate a tiempo de que era la carta. Tan imbuido me encontraba en expandir mis horizontes culturales, que pensé en leer literatura clásica allí donde decía “Frapuccino, 60 pesos”.  

   El lugar donde se exhiben las películas no es más que un largo pasillo donde hay varias mesas para los comensales, además de un templete donde además de cine, se exhiben algunas obras de teatro. El gran conflicto de mostrar filmes en una cafetería es la necesidad de alargar el cuello como una jirafa, esperando que las teorías de Lamarck respecto a la herencia de los caracteres adquiridos se haga realidad contigo y puedas ser lo suficientemente alto para sortear las cabezas de enfrente, esas molestas barreras que te impiden ver a plenitud la película. Rojo Café también cuenta con unas sillas incómodas, perfectas para delinear generaciones de ancianos encorvados y jóvenes con achaques de viejos, además de precios prohibitivos para carteras de desempleados como yo.




    Hubo problemas con el equipo de video. Afortunadamente, se resolvieron adecuadamente. Pero el proceso previo es digno de destacar. Un proyector que tarda horas en presentar un recuadro moribundo en una pared, una computadora que mantiene una riña de incompatibilidades con el proyector, como si se cayesen gordos de antemano. Los encargados de poner la cinta, de pronto se ven rebasados por una tecnología que decide jubilarse repentinamente, y es obligada a trabajar con golpes, como un burro mostrenco. Finalmente, cuando al fin la imagen se dignó en aparecer, cual padre irresponsable que abandona por años a sus hijos, el sonido de la película decidió ponerse una mordaza en la boca. Los técnicos le devolvieron el habla a patadas, provocando un estruendo agudo y chirriante que duró varios segundos. Lo anterior logró una sordera temporal en los asistentes y que el sonido saliera de las bocinas como un vómito y un ronquido a la vez, sin ecualización y con saturación. Todo esto, hasta que el inicio de “Mi vecino Totoro” compuso del todo las cosas.

   Antes de la proyección de “Mi vecino Totoro”, se mostró un cortometraje llamado “Jacinta”. Narra la historia de una anciana que borda telas hasta que decide morir… bordando. En el proceso, se muestra la vida de varios ancianos, lo que genera en la obvia metáfora de la vejez como un proceso preparatorio hacia la muerte. La animación es sobria y se prescinde del diálogo para contarlo todo con imágenes. El corto es disfrutable si se prescinde del análisis “hipsteriano” de los símbolos visuales y los planos cinematográficos. Hay más honestidad en un tipo que devora palomitas mientras se emociona al escuchar la enésima explosión de una película de “Transformers”, que en un joven que dice aprender mucho de Dziga Vertov y entender del todo “Mullholland Drive” de David Lynch.

Hayao Miyazaki, director de "Mi vecino Totoro"
   “Mi vecino Totoro” es un entrañable fin de 1988 sobre una familia, compuesta por dos niñas y su padre, que viven en una casa de campo por allá de la década de los cincuenta. Cuando al inicio, muestran a los “duendes del polvo”, pensé que esa era una buena excusa para no limpiar mi cuarto. Después de presentar a los personajes y los ambientes, con una extraordinaria animación (a pesar del bajo presupuesto), Mei, la hermana menor, conoce a Totoro, un animal parecido a un oso (¿o era un conejo, o un Furbie?), que logra el cariño de las niñas y del público pese a no tener un solo diálogo. Totoro, que funge un papel parecido al espíritu del bosque (o una metáfora de esas que les encantan a los críticos de cine), logra hacer crecer las semillas, usar de manera correcta un paraguas para protegerse de la lluvia (en la mejor escena de la película) y ayuda a Satsuki a encontrar a su hermana Mei (y de paso ver a su madre en el hospital) con la ayuda del “Gatobús”, un original medio de transporte que yo usaría sin ninguna duda como sustituto del transporte público de Guadalajara.


   El filme es muy bueno. Animación inteligente sin necesidad de atiborrar de melaza o personajes estúpidos a los niños. Muestra sutilmente temas como el miedo a perder a una madre, el cuidado de la naturaleza, y la superación de los miedos, prescindiendo de sucesiones de chistes referentes a la cultura pop o lenguaje de eslóganes hechos por publicistas hipócritas de las grandes empresas. Los estudios Ghibli lo bordan con paisajes animados de gran calidad. Una gran película, para recuperar los principios básicos de una película de dibujitos.

   Me fui con el propósito de salir más tiempo de mi casa y de huir de los innecesarios comentarios de la película después de la proyección, hechas para inflar el ego de los dueños del establecimiento. A las afueras de Rojo Café, la noche ya presentaba su apogeo, la mayoría de los hogares y comercios estaban cerrados y silenciosos, era hora de llegar a casa.

sábado, 21 de abril de 2012

Manual para destruir los libros de autoayuda. Reseña de "Cuerpos sin edad, mentes ni tiempo", de Deepak Chopra



Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

Leí buena parte del libro y me temí lo peor. No me gusto. Lo hallé pesado, monótono, aburrido, inescrutable. La obra maestra de la filosofía light, carnada para lectores incautos, la más abstrusa combinación de pensamiento oriental con pseudociencia. Deepak Chopra no me dejó absolutamente nada de provecho, sólo un dolor de cabeza gradual al leer cada párrafo y la incómoda sensación del tiempo perdido que nunca regresará.

No hallo razones para aprender de un señor que hace trizas conceptos científicos de física cuántica, una de las materias más difíciles y asombrosas que existen, para amoldarlos a su conveniencia, desarrollando teorías de curación que no han curado a nadie, pero dejan carteras gordas en los bolsillos del autor (Chopra ha vendido más de 10 millones de ejemplares de sus libros solo en Estados Unidos). La idea de controlar la cuántica a mi conveniencia para retrasar el envejecimiento y ser joven es sencillamente ridícula. Chopra solo demuestra la peligrosidad de combinar religión con ciencia, y la pérdida de rumbo de la sociedad en general en confiar su salud mental en esquizofrénicos que se aprovechan de la ignorancia de las personas y hablan con términos pomposos, científicos, para aparentar autoridad.


El reino de los charlatanes se posa en las librerías, en el pensamiento de la sociedad, y nadie mueve un dedo para remover los tumores cancerígenos que ocasionan. Desafían la cordura, despiertan la locura en quienes los leen y provocan daños, a veces irreparables, en aquellas personas que reciben su influencia. Los discípulos choprianos son reconocibles a ojos-vista. Hablan con extrañas palabras, con aires de elegidos. Ponen los ojos en blanco cada vez que el maestro habla, y le dan la razón en todo. Como no tienen ideas propias, estos alumnos repiten a pie juntillas las lecciones del profesor, retan a los disidentes, y construyen dogmas de fe. Basta ya. No se puede vivir en un lugar donde el engaño triunfe, donde los lobos vestidos de cordero digan que pueden curar a alguien con el poder de la medicina cuántica.

La única solución para no envejecer espiritualmente es trabajar, reconociendo errores y usando la disciplina para amar. Y si un día las enfermedades me hacen viejo y achacoso, iré con un doctor de bata blanca y estetoscopio, no con un charlatán. Para mantenerse sano de libros como los de Chopra, hace falta ser lo suficientemente íntegros con nuestra propia inteligencia, y huir de esta “nueva era”, la era de las leyes universales edulcoradas para las clases sociales de consumo, esa era del “todo vale”, la era donde un sujeto puede ganar mucho dinero vendiendo espejitos, usando pseudociencia para curar el cáncer, ganar millones de dólares y mantener dormidos a una generación de lectores que piensan que la vida es tan bonita como la pintan los más absurdos tratados de autoayuda.

Compre este libro si pertenece a esa extraña estirpe de lectores de charlas tan insípidas como sonsonete de cafetera, partícipe de esas conversaciones  tan artificiales como olor a aromatizante de baño, y aficionado a purificar su alma citadina de perfumes orientales. Lea este ejemplar si es de esas personas a las que les gusta que le vean la cara. En caso contrario, huya de Deepak Chopra con la velocidad de un corredor de 100 metros.

P.D.- Deepak Chopra plagió la obra de Robert Sapolsky, profesor de la Universidad de Stanford, titulada “Behavioral Endocrinology”  para realizar este libro

jueves, 19 de abril de 2012

La Revolución Mexicana: Ensayo anti-patriota y blasfemo


Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

   Miles de mexicanos repitieron durante años la doctrina del catecismo laico, y el dogma se convirtió en realidad. Cuando un mexicano quiere escapar del presente, se refugia en un pasado utópico, en la tierra de la leche y miel, llena de corridos, cartucheras y adelitas. México recuerda de vez en tanto la Revolución, la prueba fehaciente de un país que mira hacia atrás cuando los demás caminan hacia adelante.

   La Revolución significa el ideario de generaciones educadas en discursos políticos, televisión abierta y libros de historia escolares. Las consecuencias son en su mayoría funestas: maestros sindicalizados que protestan para mantener un empleo para el que no están capacitados, manutención de empresas petroleras inoperantes e incapaces de competir con el mundo globalizado, hordas de burócratas cuyo único servicio público es cobrar el aguinaldo de fin de año, tierras ociosas y sin cultivar, política basada en el parentesco y el pillaje, “gafapastas” anacrónicos que aún debaten lo que Álvaro Obregón pudo realizar por México de haber conservado el brazo que perdió en la batalla de Celaya, etcétera. Cada 20 de noviembre, miles de niños, estudiantes de primaria educados por los videojuegos y el Internet, fungen sus papeles revolucionarios en obras de teatro y danzas autóctonas que pretenden aferrarse a un pasado cada vez más distante de la realidad.

   Reúnes toda la motivación que tu adormecido cerebro es capaz de acumular, predispones tus emociones de aspirar a la “élite intelectual”, como un hombre renovado con sus efímeros propósitos de año nuevo, cuando abres el periódico y lees una tediosa entrevista donde el director de equis obra de teatro explica su puesta en escena de la ¡Revolución Mexicana!. Ya bastante tenemos con estatuas conmemorativas, nombres de calles, y acervo histórico de los Libros de Texto Gratuito, como para soportar tanta ensoñación y “redención de nuestro pasado”, como si el mundo se detuviese en 1910. Los gobiernos piden “ayudar a la cultura” como si solicitaran caridad. Quiero socorrer a la cultura, de verdad, pero ella no me deja.

La fotografía "pop" de la Revolución.
   Es triste repasar la historia y saber que los temas de la Revolución los aprendiste mediante postales y poses dramatizadas por literatos frustrados devenidos en historiadores. Te hablan de Zapata, y te llega a la mente el lema “Tierra y Libertad” como si el campesino morelense lo recitara en una ópera, con ademanes afectados y vista hundida en la pared más lejana del teatro.  O la historia de Pancho Villa como un Robin Hood duranguense, con su eterno bigote y sus “dos viejas a la orilla”. Madero es el Mahatma Gandhi nacional, sólo que el “estadista” llamó a las armas por necesidad de abatir el cáncer porfirista y fue cruelmente asesinado por el villano más malo y caricaturesco de la historia mexicana, Victoriano Huerta, más unidimensional que una película de Vin Diesel, el traidor por excelencia, al que sólo le falta ponerle un parche en el ojo y una pata de palo para hacerlo más malévolo.

   Con el desarrollo de las campañas presidenciales, no faltará aquel candidato de izquierda que recuerde a Zapata como el espíritu del campesino mexicano “ideal”, aquel que sufre cuando le quitan sus semillas y sus tierras, es “tranzado” por los intermediarios y los “pillos del PRIAN y el imperio norteamericano”, y viste de sombrero con calzones de manta para preservar su “identidad” y sus “costumbres”, como señalan los trasnochados intelectuales que jamás han arado la tierra. O el candidato de derecha rescatando a Madero, el demócrata, el espíritu libre de Coahuila, el terrateniente que sacrificó su vida por entregarle a México el “sufragio efectivo no reelección (léase de corrido)”, ese derecho a elegir al representante de gobierno del cual el votante no sabe cómo se llama ni su expediente delictivo, perdón, político, ese derecho que el partido “del cambio” tiró a la basura con gobiernos defectuosos. O al candidato de “los poderes fácticos”, reivindicando los “principios” de la Revolución, esa razón por la cual gobernaron un país durante 70 años como un régimen corporativo y repartieron el botín de todo un país a las familias leales, los zalameros y los hijos de los jefes del partido.

La lucha armada de 1910, gran argumento para mantener a niños pegados al televisor.

   Lo más triste de todo es que la Revolución no te dejará sólo, aunque quieras. Lo encontrarás en las más "elevadas" manifestaciones culturales del país, en los letreros de las calles, en casi toda la pintura de la segunda mitad del siglo XX, en los políticos que presumen la biblia sagrada de aquella época (la Constitución) pero no se saben los artículos de la misma, en los discursos políticos, en el apartado “Novela de la Revolución” de los cursos de literatura mexicana, en la música “autóctona” y en los turistas que piensan que México es un país de enanos con bigote y bebedores de tequila. Tendrás que convivir con ella, como lo has hecho todos los días de tu vida. Y sigues esclavizada a ella, como lo demuestra el hecho de que el autor de este ensayo siga escribiendo “revolución” con letra mayúscula, como si fuese la encarnación de Dios.

martes, 20 de marzo de 2012

Cable negro, cable rojo (Cuento)

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

I

Cuando su padre lo llevaba en coche a la escuela, en el camión acompañado de su mamá, de camino a la tienda o sentado en la entrada de su casa, Gabriel miraba con asombro los postes de luz. En sus juegos, soñaba que los cables tendidos en las alturas eran caminos hacia mundos jamás imaginados. Los postes de cemento, de madera y de metal conformaban hileras de estrellas amarillas y blancas por las noches; encendidas, eran luces que reanimaban al niño en las noches frías.

En su cuaderno de notas, en las hojas de atrás, Gabriel dibujaba caminos parecidos a serpientes, largos y zigzagueantes. A los lados, ponía palos verticales que en la parte superior eran atravesados por líneas horizontales, iguales a los postes de luz que veía todos los días. Con mucho pulso, Gabriel juntaba los postes de su libreta con largas líneas paralelas, los cables, para que ninguna de las lámparas estuviese sola. Vista desde lejos, la hoja llena de dibujos eran ríos y autopistas que se confundían con el cuadriculado azul del papel. Una diversión extraña en un niño, sin duda, pasatiempos de débiles mentales para un adulto.

Su profesor, un hombre irritable y severo,  lo sorprendió un día haciendo postes de luz. Gabriel, bastante distraído, no se dio cuenta cuando el maestro llegó a su pupitre, le quitó su cuaderno con desconcertantes reflejos de felino reumático, arrancó las hojas con aquellos garabatos, y gritó con aquella voz ronca y desafinada de hiena famélica frente a todos sus compañeros de clase:
“Lo vuelvo a ver rayando su cuaderno sin hacer nada y lo mando a la dirección”. Luego fijó unos ojos llameantes, que iluminaban sus ojeras de juergas nocturnas, y dijo “¿entendido?”, más como sentencia que como interrogación,  como un sargento dirigiéndose a un batallón de soldados rasos.

Gabriel asintió con la cabeza y el resto de la clase se la pasó hundido en el respaldo de su pupitre. Al finalizar las horas de estudio, el profesor, quien guardó las hojas en un cajón de su escritorio, revisó el contenido de las mismas y entendió que se encontraba frente a una situación anormal, por lo que las llevó con la psicóloga de la escuela. Ésta, amparada con su amplia experiencia en el campo infantil, decidió que el niño que realizó esos garabatos era un enfermo mental que era necesario parar con “bastante terapia”, bajo riesgo de tener en la primaria a un asesino serial en potencia. La psicóloga también concluyó en que aquellas líneas tan chuecas y temblorosas, esas rayas que aterrorizarían a los grafólogos, eran producto del maltrato que el niño tenía de sus padres, por lo que pidió a la dirección que hiciera un citatorio a estos para una plática urgente, “por el bien del infante”. 

 II

Al día siguiente, Gabriel no entró a clases. Fue directamente con la psicóloga, sorprendido y de mala gana. Ésta le enseño las hojas y le preguntó con una voz aparentemente tranquila, cuyo matiz desnudaba cierta perturbación:

“¿Qué son estos dibujos?”

El niño, sintiéndose descubierto y apenado porque un extraño tenía aquellos dibujos, sus dibujos, no contestó. La especialista en conducta infantil intentó varios subterfugios para hacerlo hablar (Tus dibujitos son muy divertidos, ¿quieres colorearlos? Soy tu amiga y estás en confianza) se dio por vencida luego de unos momentos y cambió de tema:

“Platícame como son tus papás”

Gabriel dijo en una voz baja que denotaba incomodidad: “Son muy buenos, me quieren mucho, aunque me gustaría verlos más tiempo, sobre todo a mi mamá”

La psicóloga le entregó una hoja de papel en blanco, un lápiz y crayones, y le pidió que dibujara a su familia, que en el caso de Gabriel constaba de sus padres, él y su hermana Alma, de dos años. Minutos después, el niño acabó el encargo. La psicóloga le echó un rápido vistazo al dibujo, murmuró algo inaudible y después continuó con la terapia.

Luego de dinámicas, más preguntas y actividades con crayones, pegamento y papel de china, el tiempo voló en aquel vulgar desván que las convenciones escolares llamaban “consultorio”. Un escritorio macilento, unas cuatro sillas prestadas por la escuela, una mesa de trabajo que más bien parecía una balanza por la falta de solidez en sus cuatro bases y el asiento de la psicóloga, que rechinaba como zumbido de mosca cada vez que apoyaba la columna vertebral en el respaldo, eran los adornos de aquel lugar, adormecido por los ruidos de coches y vendedores de paletas heladas procedentes de la calle. El ambiente dentro del consultorio era adusto y hacía un frío artificial gracias a un ventilador de aspas. A Gabriel le dio la impresión de que si permanecía diez minutos más en esa oficina, se dormiría.

Ya casi para acabar la sesión la mujer preguntó:

“Tu maestro me dice que no tienes muchos amiguitos, ¿es cierto?”

“Si”.

“¿Y por qué?”

“No sé, no platico mucho y los niños no me hacen caso”.

La psicóloga anotó algo en una libreta de taquigrafía que llevó consigo toda la terapia, y leyó unas páginas de un libro tan gordo como un directorio telefónico. Posteriormente, con media sonrisa y voz edulcorada, agradeció a Gabriel que se tomara tiempo de jugar con ella y felicitó al niño por ser bien portado. Cuando pasó el tiempo suficiente para que el alumno estuviera en su salón, la psicóloga emprendió pasos hacia la dirección.

III

A la mañana siguiente los padres de Gabriel fueron a la escuela. No obstante, su hijo se quedó en casa de la abuela porque tenía fiebre. El ambiente era enrarecido por la urgencia con la que se catalogó la reunión a la que fueron invitados. Un prefecto los pasó a la dirección, donde la directora y la psicóloga los esperaban. La primaria estaba desierta, con esporádicos ruidos de los aspersores que regaban los jardines. Los niños estaban en sus salones, estudiando. Ya reunidos en el consultorio, cuya poca iluminación la hacía parecer un sótano,  las profesoras de la escuela hicieron un resumen del incidente con el maestro y la terapia. Luego, la psicóloga pidió la voz y les dijo a los padres:

“Hemos llegado a la conclusión que su hijo necesita entrar a un centro especial, con ayuda especializada. Es posible que Gabriel tenga indicios de autismo y es proclive a ciertos desórdenes mentales en un futuro (Dios no lo quiera) como esquizofrenia. Los dibujos a los que la directora hizo referencia y la plática que sostuve con su hijo, nos llevan a la conclusión de que Gabriel es un chico especial, sí, pero que necesita integrarse a la sociedad para que no esté tan aislado de los demás y pierda energías en hacer rayas en las hojas de sus cuadernos.”

Al discurso de la psicóloga le siguió el de la directora:

“Señores padres de familia, la edad que tiene Gabriel (7 años) es idónea para comenzar a reorientar sus capacidades para algo más productivo. El profesor Bartolomé me señala que su hijo es listo, pero se distrae mucho y está como absorto todo el tiempo en sus cosas. No conocemos a ningún niño de su edad que sea amigo de Gabriel, y eso también nos preocupa, además de que casi no hable, no participe en juegos y dinámicas de equipo, y que siempre se siente en un rincón, en la parte de atrás del salón. Niños como el suyo corren el riesgo de tener graves problemas psicológicos, que impidan un desarrollo equilibrado en futuros años, y este tipo de ayuda sólo la pueden ofrecer centros como la Asociación Especializada en Niños Raros (AENIR), en donde conozco a doctores y pedagogos muy profesionales que aceptarán a su hijo a partir de ya”.

El padre y la madre estaban atónitos. No atinaban a creer en las palabras de las dos maestras y movidos por un inquebrantable pero poco autocrítico amor paternal, aseguraron que Gabriel era un chico normal, amoroso, lleno de vitalidad y movido por una asombrosa capacidad de aprendizaje. Con ingenuidad, creyeron que debía existir una explicación alterna, sin embargo, los resultados eran claros y apoyados en un severo análisis apegado a las corrientes psicológicas y pedagógicas más modernas, según las dos profesoras.

La directora volvió a tomar la palabra:

“Señores padres de familia, entiendo su sorpresa, pero los llamé también para hacerles saber la decisión a la que llegó el Consejo Escolar que, como ustedes bien saben, se conforma por los profesores, la Sociedad de Padres de Familia y los representantes del Sindicato de Maestros de la Sección 431-ABX. La decisión es esta: si Gabriel no asiste a la AENIR, nos veremos obligados a expulsarlo de este honorable plantel educativo. No podemos arriesgarnos a que su hijo continúe en este estado de inadaptabilidad social y retraimiento, y precisamente porque nos importa Gabriel, hemos llegado a este punto”.

La madre reaccionó indignada:

“No pueden hacerle esto a mi hijo. No pueden echarlo a la calle, sin más, sólo porque sea de cierta manera o por los dibujos que hace. Empiezo a sospechar que los locos son ustedes”. Había llegado a un punto sin retorno.

La psicóloga trató de apaciguar los ánimos con rictus de yoga:

“Señora, le pido que se calme. No cometa alguna insensatez. Estamos aquí para ayudar a Gabriel.”

Sin embargo, el padre rompió en cólera y manoteando en todas direcciones, grito con voz de asfixia:

“¿Cómo lo ayudan?, ¿expulsándolo y negarle el derecho que tiene a recibir educación básica?. De una vez les digo que mi hijo no está loco y no lo llevaré a ese centro que ustedes dicen. ¿Saben qué?, nosotros lo sacamos de esta escuela y lo llevaremos a otra, donde si lo eduquen de verdad. Váyanse a la mierda”.

Los padres de Gabriel salieron de la escuela como quien escapa de un incendio. Mientras tanto, recuperadas casi por completo por la agresión de la que fueron objetos, la directora y la psicóloga llegaron a la conclusión de que por los ojos biliosos del padre y la cara descompuesta de la madre al momento de insultarlas, Gabriel era uno de tantos chicos que sufría el flagelo de la violencia intrafamiliar. El profesor Bartolomé apareció de pronto frente a ellas: traía a empellones, sujetándolo del cabello como si tuviera ganchos de colgar ropa, a un chico alto y de pelo castaño que se atrevió a saborear un “bolis” de uva en clase.

IV

Esa misma noche, los padres hablaron con el niño y explicaron la situación que debían lidiar a partir de la mañana siguiente como si fuera una fábula de Esopo, con todo y moraleja. Gabriel, experto en entender los matices y las metáforas, como todo niño, les preguntó:

- ¿Ya no voy a ir a la escuela nunca?

- Un día de estos, hijo, pronto regresarás a estudiar- le dijo su padre.

A pesar de darle ánimos a Gabriel, el padre albergaba una profunda rebeldía ante las instituciones educativas y pasó un buen rato pensando en el daño que ocasionan las escuelas en tantos chicos raros como su hijo. Fue a la sala y sin que Gabriel se diera cuenta sacó su libreta, vio los garabatos que había en una de las hojas y recordó aquellos días de su infancia en que corría por las calles de su pueblo presumiendo sus papalotes hechos de moscas y coleccionando escarabajos.


martes, 6 de marzo de 2012

Defecaciones de un universitario (Divagación literaria)

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

Cambio mi título universitario por papel higiénico, porque la mierda que sale del culo necesita ser limpiada y no puede esperar que la deje expuesta al aire, dejarla que anide en los costados de mis glúteos como lodo anegado en el pantano y exhiba su impúdico olor decadente y lastimero. Mi diploma es prescindible y puedo vivir sin él, la mierda es omnipresente y tengo que convivir con ella todos los días, por el resto de mi vida.

Porque ¿es menester sacrificar los esfínteres de mi cuerpo por una obscena presunción universitaria?, ¿la humanidad debe renunciar a su naturaleza por esa convención social insoportable, siempre igual, de entregar reconocimientos en las ceremonias de graduación?. Les aseguro que ninguna carrera universitaria vale tanto como encontrar en el excusado algún rollo repleto de hojas perfectamente cuadriculadas, de suave y perfumado papel de baño. Nada peor que un cilindro de cartón, desnudo y lleno de cicatrices, muerto e incapaz de cumplir su labor, después de rendir tributo al inodoro con los frutos de nuestros intestinos.

¿Acaso los más grandes genios no han sentido la necesidad de acudir al baño, y tener a la mano un lienzo para mantener limpio e inmaculado su trasero de suciedades y miasmas?. Einstein no edificó la teoría de la relatividad con calzones empapados de excremento agonizante, como sangre coagulada o baba que escurre de nuestros labios. Es una contradicción imaginar al gran filósofo inglés Bertrand Russell protestar contra las armas nucleares con una gran mancha marrón en su ropa interior.

Es necesario abatir esa satisfacción esclava de los diplomas escolares. ¿Acaso el conocimiento merece ser colgado en una pared y dejarlo marchitarse como planta sin regar?. Sólo los locos y los ególatras piensan que un título universitario les abrirá las puertas de par en par, únicamente los estúpidos tienen la idea de que su diploma los hace más sabios por arte de magia. Algún desamparado cree que el título le dará para comer, para vestirse, para limpiarse el culo. La vida, como la mierda, es una sucesión de eventos que llegan sin esperarse, y que cuando llegan, solo hay que poner manos a la obra como un burócrata eficiente.

Por eso, invito a todos ustedes vender, regalar incluso, sus diplomas escolares y utilizar ese intercambio en algo más útil, de mayor provecho. El aparentemente prosaico y pueril acto de cagar nos enseña que el mundo es transitorio, que el esfuerzo largo y sostenido no vale porque el día a día te demanda transitar en el camino seguro del presente y no edificar las carreteras del futuro. La urgencia por solventar las necesidades primarias, entre ellas las fisiológicas, son las que verdaderamente mueven la moral del hombre. Los idealismos y los proyectos a futuro son únicamente para los ociosos y los desocupados.

Además, limpiarse la mierda es preservar la higiene de la sociedad. ¿Acaso quieren vivir como hace tres siglos, época donde la gente hacía sus necesidades en la calle, sin otra herramienta de limpieza que la brisa del viento y los pedazos de excremento se lanzaban al cuerpo de algún transeúnte y alimentaban a los patos, las gallinas y los cerdos?. Ninguna gran idea de la ciencia, la filosofía y la técnica se han edificado con molestos hedores fabricados por el aparato digestivo y montoncitos de lingotes cafés regados en las banquetas. También mantiene con buena salud a las personas. Les aseguro, ¡oh grandes estreñidos del conocimiento!, que más gente ha muerto por complicaciones renales o torzones postergados que por la tristeza causada por no ser un licenciado o un ingeniero. 

Soy un hombre práctico, realista y centrado. Por eso les entrego mi título universitario para poder usarlo por vez primera como algo de provecho. Soy la mayoría de la humanidad. Por eso ninguna manifestación gradual y trabajada de inteligencia debe prevalecer por las necesidades corporales, porque sin ellas dejaríamos de ser los humanos que ves ahora.

martes, 28 de febrero de 2012

Las 10 reglas para ser un escritor "best-seller" (Ensayo)

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

J.J. Benítez presentando "Caballo de Troya 9"
La relajación de los controles de calidad y la entronización de la filosofía “todo vale”, ha ocasionado la deificación hacia ciertas personas, que en cualquier mundo paralelo repartirían volantes en una avenida concurrida. Por supuesto, la literatura no se libra de esta lógica actual, donde no importa lo mucho que sepas sino cómo lo vendas. Me refiero, por supuesto, a los Best-Sellers, libros de fábrica, ensamblados y seriados para el lector incauto y exiguo de ideas propias.

Con un poco de valor, una computadora propia, mucho tiempo libre y alguna idea hurtada de cualquier cinta dominguera o una teleserie, usted es capaz de alcanzar su sueño más preciado; unas vacaciones en Bora Bora y un palacio con cámaras infrarrojas de alguna costa de Florida, con sólo convertirse en autor(a) de best-sellers. Únicamente siga a pie juntillas el siguiente decálogo de preceptos y será más famoso(a) que  la cuñada del príncipe William de Inglaterra o los subnormales de “Jackass”. ¿Cuál es mi credibilidad para dar estos consejos? Ninguna, como la de todo escritor de estos libros:

Leyendo "Quiúbole"... lo dudo.
1.- Elabora una portada bonita, perfecta para postales turísticas o tarjetas Hallmark. Mientras más colores tenga, mejor. El título debe tener alguna fuente con serifa que permita el progresivo daño a la vista de tus clientes, pero que al mismo tiempo logre su atención, como una revista de chismes. Enfócate en ediciones de pasta dura, así la gente soltará más de 400 pesos en tu libro sin importarle el contenido de esas superficies lisas encuadernadas entre la portada y la contraportada (es decir, esos montones de hojas llenas de letras y carentes de dibujos). Ocasiona que tus libros no sólo sean la carnada para miles de personas engañadas que pretenden degustar literatura de calidad, sino la envidia de diseñadores gráficos y diagramadores de revistas de moda.

2.- Venda su libro y venda su alma (literalmente). Diga que la calidad literaria de sus libros es superior a las novelas de Charles Dickens o las composiciones de Ricardo Arjona. Cuando los periodistas y los críticos, “esos escritores frustrados”, hagan reseñas tan lapidarias que corran el riesgo de liquidar su cuenta bancaria, muéstrese amigable con ellos, invítelos a comer, sonríales para la foto. Organice lecturas en voz alta, firma de autógrafos en masa y hasta venda playeras y gorras con el título de su libro. Mencione entre sus influencias a escritores como Shakespeare (aunque se haya dormido leyendo Hamlet), y hágase el amigable mediante referencias a la cultura pop o chistes sosos en sus presentaciones de libros. Si le dicen que su prosa es basura, usted muéstrele las listas de los “más vendidos”, ufánese de que sus obras literarias las compran millones, mientras a un tal Tolstoi sólo lo leen estudiantes de letras ociosos. Sin estrategias de marketing aparatosas, tu libro sólo formará parte de aquellas gangas de “obras apestadas”, esas que cuestan veinte pesos o menos y que los compradores más “proletarios” deciden darle la vuelta, como si en la librería vendieran comida rancia. Los escritores deberían estudiar mercadotecnia.

3.- Aunque lo amenacen de muerte, le secuestren a toda su familia, o lo demanden por plagio, no describa. En esta modernidad donde sus lectores potenciales son sombras nómadas que únicamente se detienen a observar las cuerdas de sus zapatos (¡Oh, no!, realicé una descripción), y disfrutan de historias donde hay más estruendos y balas que personajes psicológicamente delineados o diálogos imborrables, a nadie le interesa perder el tiempo en que le digan cómo es una iglesia, una casa de campo o la belleza de una mujer, porque todo eso ya lo vio por televisión.  La descripción es la paja de los libros, es la parte aburrida que los lectores se saltan para llegar a “la acción”. La descripción es narcolepsia, palabrería en la que se regodean los escritores de academia. Sus lectores sufren de déficit de atención, si les describe se agotan, mejor estimule la hiperactividad y narre, ágilmente, las situaciones más disparatadas que le lleguen a su cerebro.

La manzana "podrida" de la literatura
4.- En tiempos de la posmodernidad, combine los géneros más incompatibles y revuélvalos en licuadora para crear historias. Por ejemplo, mezcle literatura de vampiros con suspiros de adolescentes aleladas por galanes-muñecos de plástico, para lograr  “Crepúsculo”. O historias que tengan que ver con conspiraciones, simbologías medievales y documentación “pseudo-histórica” más cualquier película de suspenso serie B con giros “inesperados”, y conseguirá “El Código Da Vinci”. Una vez lograda la mejor combinación, explótela hasta la extenuación. Así usted será un escritor encasillado con miles de fanáticos fugados de algún manicomio.

5.- La situación amorosa de su novela debe ser lo más tonta, predecible y anodina posible. Si sus protagonistas se enamoran con un solo diálogo, mejor. Haga que tengan sexo después de solo mirarse fijamente, concédales diálogos tan ridículos como “mi existencia sería un crudo invierno sin el calor de tus labios” o frases similares, que sus personajes sufran al recitar prosa poética como “no encajo en esta escuela” o “no soy buena en deportes. Nadie me ve, parece que no existo. Soy un bicho raro”. Dicen que el amor no se puede explicar, entonces, ¿porqué explicarlo?, este tipo de relaciones, mientras más inverosímiles y alejadas de la realidad sean, mejor. Si cumple esta regla, será la adoración de adolescentes hormonadas, señoras que siguen esperando a un príncipe azul y hombres aburridos que usan los libros como sustitutos de la pornografía.

6.- La historia que pretenda contar debe tener material para una saga, mínimo de tres libros. Así, crea una franquicia que seguirá ganando millones de dólares contando la misma historia, como un McDonalds. Su libro es comida rápida que se vende por toneladas, se elabora a las carreras, y provoca adicción en sus clientes. El argumento de su obra debe ser fácilmente adaptable para múltiples formatos, como una película o un videojuego, así usted seguirá lucrando con los derechos de autor sin golpear un teclado de su computadora. En caso de que su narración apenas se sostenga en un solo tomo, cuente lo mismo en otro libro, cambiando el título, los nombres de los personajes y algunas escenas (por ejemplo, en vez de ambientar la historia en las oficinas de la FBI, hágalo en las oficinas de la CIA). El final de un libro debe ser lo más ambiguo posible para que dé pie a una secuela. 

7.- Repita siempre los mismos tópicos de los Best-Sellers exitosos. Su protagonista debe tener las mismas virtudes que Jesucristo o el modelo de un anuncio de desodorantes, con sacos Armani y lentes de diseñador, dentadura perfecta y emocionalmente indiferente a todas las situaciones que se le presenten (debe poner la misma cara cuando besa a una chica o cuando lo sodomicen, por ejemplo). La chica del cuento debe ser bella, maquillada, intelectualmente reducida a un estereotipo y un accesorio de la historia. Entre los villanos, hay dos clases, los que en apariencia son buenos pero en realidad quieren clavarte una espada en el vientre (presente su lado oscuro en las últimas páginas, para crear el efecto dramático “no me lo puedo creer…otra vez”), y los “malos-malos”, esos personajes unidimensionales que sólo hace falta que les pongas el letrero “Cuidado, el hijo de Satanás en persona” en la frente, y cuyas intenciones se limiten a conquistar el mundo (como si no hubiésemos tenido gente igual en la vida real, por ejemplo George W. Bush).

8.- Desafíe todas las leyes científicas conocidas por el hombre y los convencionalismos académicos de las buenas novelas para tener escenas de acción “que enganchen”. Con la desbordante imaginación que Dios (o algún editor sin escrúpulos) le concedió, escriba sobre pistolas con balas infinitas, giros rocambolescos, paternidades silenciadas largo tiempo, prisioneros que mágicamente escapan de su tortura, explosiones que aturdan al lector, bombas cronometradas, destrucción repentina de edificios históricos, súper soldados equipados con las armas más mortíferas para destruir conspiraciones de algún comunista anacrónico, infinidad de cuartos oscuros donde los malos sorprendan a los buenos, luchas entre vampiros con gomina y hombres lobo con anabólicos, hackers que desquicien supercomputadoras, robos inexplicables de millones de dólares de un banco nacional con sólo cubrirse la cara con una máscara, muertos que resuciten gracias al  “poder del amor”, etc. Como versa un conocido adagio, “el cielo es el límite”.

9.- Pase de largo ante los convencionalismos del lenguaje y la literatura. Maltrate el castellano con vocablos extranjeros que se escuchen más pretenciosos, interjecciones como “Oh”, “Ah” o “Hey”, repita la misma palabra hasta diez veces en un mismo párrafo (si te preguntan, se te perdió tu diccionario de sinónimos), use repetidamente frases como “parecía que”, “increíblemente”, “desde luego”, “sin embargo”, “sintió que” o “pensó para sus adentros” (como si se pudiera pensar para los afueras). Atiborre sus textos con muchos signos de interrogación y exclamación, además de mayúsculas y tipografía cursiva, para que la gente se dé cuenta de los aspectos más relevantes de la trama sin necesidad de poner atención a la lectura. Sus personajes (y el narrador) deben hablar con frases hechas, por ejemplo, “te veré en el infierno”, “en mis sueños estarás”, “todo se está poniendo muy feo”, “estoy en un callejón sin salida” o “siento un coraje que corre por mis venas”. Si describe (véase punto 2), hágalo con tópicos, por ejemplo, “era un señor con bigote, un sombrero de charro y un sarape, con una botella de tequila en su mano izquierda y un chile en la otra” para delinear el perfil de un mexicano, o “eran un montón de cosas apiladas en la mesa” para no mencionar cada uno de los objetos que están sobre dicha mesa. Use adjetivos calificativos grandilocuentes, como “increíble”, “fantástico”, “maravilloso”, “avasallador”, “fulminante” o “terrible”. En caso de relatar el ambiente y las escenas de una ciudad en la que se suceda la trama, enuncie los principales lugares de atracción como si fuese un guía de turistas.

¿A dónde hemos llegado?
10.- Demuestre a su lector su erudición e investigación minuciosa (en Wikipedia o el Rincón del Vago) del tema sobre el que gire su historia. Con lo anterior, me refiero a que suelte nombres propios con conexión apenas tenue con la trama, haga hablar a sus personajes como si recitaran los dos primeros párrafos de la entrada “Cristianismo” de la Enciclopedia Británica, suelte dos o tres frases en una lengua extraña, e interprete (véase punto 4) un hecho histórico a su modo para lograr una novela de fácil digestión (por ejemplo, si el tema es “Jean Paul Sartre”, enfóquese en presentar la relación entre el existencialista francés y Simone de Beavouir con los estilos de Corín Tellado y el Marqués de Sade). En caso de no realizar trabajo de documentación para su novela, vierta sus problemas personales en la literatura y exagérelos hasta el melodrama (ejemplo, si sufrió un divorcio, aproveche esta situación para escribir una historia donde el marido sea un adicto al crack, golpeador de mujeres por placer y – efecto dramático de superventas- amante de su propia hija).

Gracias por su atención y espero una dedicatoria suya (o pago de regalías) cuando publiquen su historia.


jueves, 23 de febrero de 2012

Juicio a un hombre impasible (Divagación literaria)

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

Iremos por ti. Cuando no lo esperes, cuando bajes la guardia, cuando pienses en otros asuntos, te llegaremos de improviso y no escaparás. No habrá compasión, llorarás hasta que se te queme la cara y  los ojos se desprendan de sus órbitas. Morirás, tarde o temprano te encontraremos y te borraremos de la faz de la tierra. Nos veremos de nuevo en el infierno, si es que existe.

Te dejamos pasar demasiadas afrentas. Te pedimos cuentas y las evadiste. Te pedimos actividad y nunca te moviste. Te solicitamos atención y siempre estabas distraído. Nuestras advertencias fueron ignoradas, acalladas, embrutecidas. Ahora nos pides piedad, compasión, perdón. Demasiado tarde, somos duros y no nos emblandeceremos ante una apelación desesperada. Somos jueces inquebrantables y te condenaremos con todo el rigor que nuestra furia puede alcanzar.

No te escondas, te encontraremos. No pidas protección, al final estarás sólo. No corras,  te alcanzaremos. No pretendas acabar con nosotros, serás incapaz de lograrlo. No recurras al suicidio, es inútil, estaremos contigo para salvarte antes de que lo intentes siquiera. Estás acorralado, a tu alrededor vigila altanero nuestro cerco. Camina y veras nuestro pasos. Corre y notarás las zancadas que te persiguen. Vuela y nuestras alas de halcón romperán los vientos para encontrarte en las alturas.

Crees que nuestras amenazas son estériles, ¿entonces porque tiembla tu cara, se te deshacen las piernas y tus manos se hunden en helado sudor a cada momento que piensas en nosotros?. Sabes que existimos, que somos reales, y por eso maldices el día, la hora, la vida en que nos conociste. Crees que no tenemos el derecho de hacerte sufrir, pero te equivocas, tú nos perteneces y nuestras leyes decretan que eres el súbdito de la monarquía, el enano del circo. Desobedeciste nuestros mandatos y el que rompe las reglas merece que le desprendan la cabeza del tronco, con el único privilegio de ser carroña de animales hambrientos.

Iremos por ti. Te agradeceremos por engrosar la lista de piltrafas como tú que llevamos en nuestro currículum de exterminio. Así es, no eres el primero en caer en nuestras manos, ni serás el último. Y cuando el sol duerma en el poniente, vivirás la noche perpetua en la tierra de los muertos. ¿Oyes el zumbido de la silla eléctrica, sientes el filo de la guillotina que desgarra tu nuca, ves la rapidez con la que viajan esas balas en línea recta a tu frente?, ese es el recuerdo que deseamos que te lleves de nosotros. Somos las voces de tu conciencia, que tengas buen viaje.