martes, 20 de marzo de 2012

Cable negro, cable rojo (Cuento)

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

I

Cuando su padre lo llevaba en coche a la escuela, en el camión acompañado de su mamá, de camino a la tienda o sentado en la entrada de su casa, Gabriel miraba con asombro los postes de luz. En sus juegos, soñaba que los cables tendidos en las alturas eran caminos hacia mundos jamás imaginados. Los postes de cemento, de madera y de metal conformaban hileras de estrellas amarillas y blancas por las noches; encendidas, eran luces que reanimaban al niño en las noches frías.

En su cuaderno de notas, en las hojas de atrás, Gabriel dibujaba caminos parecidos a serpientes, largos y zigzagueantes. A los lados, ponía palos verticales que en la parte superior eran atravesados por líneas horizontales, iguales a los postes de luz que veía todos los días. Con mucho pulso, Gabriel juntaba los postes de su libreta con largas líneas paralelas, los cables, para que ninguna de las lámparas estuviese sola. Vista desde lejos, la hoja llena de dibujos eran ríos y autopistas que se confundían con el cuadriculado azul del papel. Una diversión extraña en un niño, sin duda, pasatiempos de débiles mentales para un adulto.

Su profesor, un hombre irritable y severo,  lo sorprendió un día haciendo postes de luz. Gabriel, bastante distraído, no se dio cuenta cuando el maestro llegó a su pupitre, le quitó su cuaderno con desconcertantes reflejos de felino reumático, arrancó las hojas con aquellos garabatos, y gritó con aquella voz ronca y desafinada de hiena famélica frente a todos sus compañeros de clase:
“Lo vuelvo a ver rayando su cuaderno sin hacer nada y lo mando a la dirección”. Luego fijó unos ojos llameantes, que iluminaban sus ojeras de juergas nocturnas, y dijo “¿entendido?”, más como sentencia que como interrogación,  como un sargento dirigiéndose a un batallón de soldados rasos.

Gabriel asintió con la cabeza y el resto de la clase se la pasó hundido en el respaldo de su pupitre. Al finalizar las horas de estudio, el profesor, quien guardó las hojas en un cajón de su escritorio, revisó el contenido de las mismas y entendió que se encontraba frente a una situación anormal, por lo que las llevó con la psicóloga de la escuela. Ésta, amparada con su amplia experiencia en el campo infantil, decidió que el niño que realizó esos garabatos era un enfermo mental que era necesario parar con “bastante terapia”, bajo riesgo de tener en la primaria a un asesino serial en potencia. La psicóloga también concluyó en que aquellas líneas tan chuecas y temblorosas, esas rayas que aterrorizarían a los grafólogos, eran producto del maltrato que el niño tenía de sus padres, por lo que pidió a la dirección que hiciera un citatorio a estos para una plática urgente, “por el bien del infante”. 

 II

Al día siguiente, Gabriel no entró a clases. Fue directamente con la psicóloga, sorprendido y de mala gana. Ésta le enseño las hojas y le preguntó con una voz aparentemente tranquila, cuyo matiz desnudaba cierta perturbación:

“¿Qué son estos dibujos?”

El niño, sintiéndose descubierto y apenado porque un extraño tenía aquellos dibujos, sus dibujos, no contestó. La especialista en conducta infantil intentó varios subterfugios para hacerlo hablar (Tus dibujitos son muy divertidos, ¿quieres colorearlos? Soy tu amiga y estás en confianza) se dio por vencida luego de unos momentos y cambió de tema:

“Platícame como son tus papás”

Gabriel dijo en una voz baja que denotaba incomodidad: “Son muy buenos, me quieren mucho, aunque me gustaría verlos más tiempo, sobre todo a mi mamá”

La psicóloga le entregó una hoja de papel en blanco, un lápiz y crayones, y le pidió que dibujara a su familia, que en el caso de Gabriel constaba de sus padres, él y su hermana Alma, de dos años. Minutos después, el niño acabó el encargo. La psicóloga le echó un rápido vistazo al dibujo, murmuró algo inaudible y después continuó con la terapia.

Luego de dinámicas, más preguntas y actividades con crayones, pegamento y papel de china, el tiempo voló en aquel vulgar desván que las convenciones escolares llamaban “consultorio”. Un escritorio macilento, unas cuatro sillas prestadas por la escuela, una mesa de trabajo que más bien parecía una balanza por la falta de solidez en sus cuatro bases y el asiento de la psicóloga, que rechinaba como zumbido de mosca cada vez que apoyaba la columna vertebral en el respaldo, eran los adornos de aquel lugar, adormecido por los ruidos de coches y vendedores de paletas heladas procedentes de la calle. El ambiente dentro del consultorio era adusto y hacía un frío artificial gracias a un ventilador de aspas. A Gabriel le dio la impresión de que si permanecía diez minutos más en esa oficina, se dormiría.

Ya casi para acabar la sesión la mujer preguntó:

“Tu maestro me dice que no tienes muchos amiguitos, ¿es cierto?”

“Si”.

“¿Y por qué?”

“No sé, no platico mucho y los niños no me hacen caso”.

La psicóloga anotó algo en una libreta de taquigrafía que llevó consigo toda la terapia, y leyó unas páginas de un libro tan gordo como un directorio telefónico. Posteriormente, con media sonrisa y voz edulcorada, agradeció a Gabriel que se tomara tiempo de jugar con ella y felicitó al niño por ser bien portado. Cuando pasó el tiempo suficiente para que el alumno estuviera en su salón, la psicóloga emprendió pasos hacia la dirección.

III

A la mañana siguiente los padres de Gabriel fueron a la escuela. No obstante, su hijo se quedó en casa de la abuela porque tenía fiebre. El ambiente era enrarecido por la urgencia con la que se catalogó la reunión a la que fueron invitados. Un prefecto los pasó a la dirección, donde la directora y la psicóloga los esperaban. La primaria estaba desierta, con esporádicos ruidos de los aspersores que regaban los jardines. Los niños estaban en sus salones, estudiando. Ya reunidos en el consultorio, cuya poca iluminación la hacía parecer un sótano,  las profesoras de la escuela hicieron un resumen del incidente con el maestro y la terapia. Luego, la psicóloga pidió la voz y les dijo a los padres:

“Hemos llegado a la conclusión que su hijo necesita entrar a un centro especial, con ayuda especializada. Es posible que Gabriel tenga indicios de autismo y es proclive a ciertos desórdenes mentales en un futuro (Dios no lo quiera) como esquizofrenia. Los dibujos a los que la directora hizo referencia y la plática que sostuve con su hijo, nos llevan a la conclusión de que Gabriel es un chico especial, sí, pero que necesita integrarse a la sociedad para que no esté tan aislado de los demás y pierda energías en hacer rayas en las hojas de sus cuadernos.”

Al discurso de la psicóloga le siguió el de la directora:

“Señores padres de familia, la edad que tiene Gabriel (7 años) es idónea para comenzar a reorientar sus capacidades para algo más productivo. El profesor Bartolomé me señala que su hijo es listo, pero se distrae mucho y está como absorto todo el tiempo en sus cosas. No conocemos a ningún niño de su edad que sea amigo de Gabriel, y eso también nos preocupa, además de que casi no hable, no participe en juegos y dinámicas de equipo, y que siempre se siente en un rincón, en la parte de atrás del salón. Niños como el suyo corren el riesgo de tener graves problemas psicológicos, que impidan un desarrollo equilibrado en futuros años, y este tipo de ayuda sólo la pueden ofrecer centros como la Asociación Especializada en Niños Raros (AENIR), en donde conozco a doctores y pedagogos muy profesionales que aceptarán a su hijo a partir de ya”.

El padre y la madre estaban atónitos. No atinaban a creer en las palabras de las dos maestras y movidos por un inquebrantable pero poco autocrítico amor paternal, aseguraron que Gabriel era un chico normal, amoroso, lleno de vitalidad y movido por una asombrosa capacidad de aprendizaje. Con ingenuidad, creyeron que debía existir una explicación alterna, sin embargo, los resultados eran claros y apoyados en un severo análisis apegado a las corrientes psicológicas y pedagógicas más modernas, según las dos profesoras.

La directora volvió a tomar la palabra:

“Señores padres de familia, entiendo su sorpresa, pero los llamé también para hacerles saber la decisión a la que llegó el Consejo Escolar que, como ustedes bien saben, se conforma por los profesores, la Sociedad de Padres de Familia y los representantes del Sindicato de Maestros de la Sección 431-ABX. La decisión es esta: si Gabriel no asiste a la AENIR, nos veremos obligados a expulsarlo de este honorable plantel educativo. No podemos arriesgarnos a que su hijo continúe en este estado de inadaptabilidad social y retraimiento, y precisamente porque nos importa Gabriel, hemos llegado a este punto”.

La madre reaccionó indignada:

“No pueden hacerle esto a mi hijo. No pueden echarlo a la calle, sin más, sólo porque sea de cierta manera o por los dibujos que hace. Empiezo a sospechar que los locos son ustedes”. Había llegado a un punto sin retorno.

La psicóloga trató de apaciguar los ánimos con rictus de yoga:

“Señora, le pido que se calme. No cometa alguna insensatez. Estamos aquí para ayudar a Gabriel.”

Sin embargo, el padre rompió en cólera y manoteando en todas direcciones, grito con voz de asfixia:

“¿Cómo lo ayudan?, ¿expulsándolo y negarle el derecho que tiene a recibir educación básica?. De una vez les digo que mi hijo no está loco y no lo llevaré a ese centro que ustedes dicen. ¿Saben qué?, nosotros lo sacamos de esta escuela y lo llevaremos a otra, donde si lo eduquen de verdad. Váyanse a la mierda”.

Los padres de Gabriel salieron de la escuela como quien escapa de un incendio. Mientras tanto, recuperadas casi por completo por la agresión de la que fueron objetos, la directora y la psicóloga llegaron a la conclusión de que por los ojos biliosos del padre y la cara descompuesta de la madre al momento de insultarlas, Gabriel era uno de tantos chicos que sufría el flagelo de la violencia intrafamiliar. El profesor Bartolomé apareció de pronto frente a ellas: traía a empellones, sujetándolo del cabello como si tuviera ganchos de colgar ropa, a un chico alto y de pelo castaño que se atrevió a saborear un “bolis” de uva en clase.

IV

Esa misma noche, los padres hablaron con el niño y explicaron la situación que debían lidiar a partir de la mañana siguiente como si fuera una fábula de Esopo, con todo y moraleja. Gabriel, experto en entender los matices y las metáforas, como todo niño, les preguntó:

- ¿Ya no voy a ir a la escuela nunca?

- Un día de estos, hijo, pronto regresarás a estudiar- le dijo su padre.

A pesar de darle ánimos a Gabriel, el padre albergaba una profunda rebeldía ante las instituciones educativas y pasó un buen rato pensando en el daño que ocasionan las escuelas en tantos chicos raros como su hijo. Fue a la sala y sin que Gabriel se diera cuenta sacó su libreta, vio los garabatos que había en una de las hojas y recordó aquellos días de su infancia en que corría por las calles de su pueblo presumiendo sus papalotes hechos de moscas y coleccionando escarabajos.


martes, 6 de marzo de 2012

Defecaciones de un universitario (Divagación literaria)

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

Cambio mi título universitario por papel higiénico, porque la mierda que sale del culo necesita ser limpiada y no puede esperar que la deje expuesta al aire, dejarla que anide en los costados de mis glúteos como lodo anegado en el pantano y exhiba su impúdico olor decadente y lastimero. Mi diploma es prescindible y puedo vivir sin él, la mierda es omnipresente y tengo que convivir con ella todos los días, por el resto de mi vida.

Porque ¿es menester sacrificar los esfínteres de mi cuerpo por una obscena presunción universitaria?, ¿la humanidad debe renunciar a su naturaleza por esa convención social insoportable, siempre igual, de entregar reconocimientos en las ceremonias de graduación?. Les aseguro que ninguna carrera universitaria vale tanto como encontrar en el excusado algún rollo repleto de hojas perfectamente cuadriculadas, de suave y perfumado papel de baño. Nada peor que un cilindro de cartón, desnudo y lleno de cicatrices, muerto e incapaz de cumplir su labor, después de rendir tributo al inodoro con los frutos de nuestros intestinos.

¿Acaso los más grandes genios no han sentido la necesidad de acudir al baño, y tener a la mano un lienzo para mantener limpio e inmaculado su trasero de suciedades y miasmas?. Einstein no edificó la teoría de la relatividad con calzones empapados de excremento agonizante, como sangre coagulada o baba que escurre de nuestros labios. Es una contradicción imaginar al gran filósofo inglés Bertrand Russell protestar contra las armas nucleares con una gran mancha marrón en su ropa interior.

Es necesario abatir esa satisfacción esclava de los diplomas escolares. ¿Acaso el conocimiento merece ser colgado en una pared y dejarlo marchitarse como planta sin regar?. Sólo los locos y los ególatras piensan que un título universitario les abrirá las puertas de par en par, únicamente los estúpidos tienen la idea de que su diploma los hace más sabios por arte de magia. Algún desamparado cree que el título le dará para comer, para vestirse, para limpiarse el culo. La vida, como la mierda, es una sucesión de eventos que llegan sin esperarse, y que cuando llegan, solo hay que poner manos a la obra como un burócrata eficiente.

Por eso, invito a todos ustedes vender, regalar incluso, sus diplomas escolares y utilizar ese intercambio en algo más útil, de mayor provecho. El aparentemente prosaico y pueril acto de cagar nos enseña que el mundo es transitorio, que el esfuerzo largo y sostenido no vale porque el día a día te demanda transitar en el camino seguro del presente y no edificar las carreteras del futuro. La urgencia por solventar las necesidades primarias, entre ellas las fisiológicas, son las que verdaderamente mueven la moral del hombre. Los idealismos y los proyectos a futuro son únicamente para los ociosos y los desocupados.

Además, limpiarse la mierda es preservar la higiene de la sociedad. ¿Acaso quieren vivir como hace tres siglos, época donde la gente hacía sus necesidades en la calle, sin otra herramienta de limpieza que la brisa del viento y los pedazos de excremento se lanzaban al cuerpo de algún transeúnte y alimentaban a los patos, las gallinas y los cerdos?. Ninguna gran idea de la ciencia, la filosofía y la técnica se han edificado con molestos hedores fabricados por el aparato digestivo y montoncitos de lingotes cafés regados en las banquetas. También mantiene con buena salud a las personas. Les aseguro, ¡oh grandes estreñidos del conocimiento!, que más gente ha muerto por complicaciones renales o torzones postergados que por la tristeza causada por no ser un licenciado o un ingeniero. 

Soy un hombre práctico, realista y centrado. Por eso les entrego mi título universitario para poder usarlo por vez primera como algo de provecho. Soy la mayoría de la humanidad. Por eso ninguna manifestación gradual y trabajada de inteligencia debe prevalecer por las necesidades corporales, porque sin ellas dejaríamos de ser los humanos que ves ahora.

martes, 28 de febrero de 2012

Las 10 reglas para ser un escritor "best-seller" (Ensayo)

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

J.J. Benítez presentando "Caballo de Troya 9"
La relajación de los controles de calidad y la entronización de la filosofía “todo vale”, ha ocasionado la deificación hacia ciertas personas, que en cualquier mundo paralelo repartirían volantes en una avenida concurrida. Por supuesto, la literatura no se libra de esta lógica actual, donde no importa lo mucho que sepas sino cómo lo vendas. Me refiero, por supuesto, a los Best-Sellers, libros de fábrica, ensamblados y seriados para el lector incauto y exiguo de ideas propias.

Con un poco de valor, una computadora propia, mucho tiempo libre y alguna idea hurtada de cualquier cinta dominguera o una teleserie, usted es capaz de alcanzar su sueño más preciado; unas vacaciones en Bora Bora y un palacio con cámaras infrarrojas de alguna costa de Florida, con sólo convertirse en autor(a) de best-sellers. Únicamente siga a pie juntillas el siguiente decálogo de preceptos y será más famoso(a) que  la cuñada del príncipe William de Inglaterra o los subnormales de “Jackass”. ¿Cuál es mi credibilidad para dar estos consejos? Ninguna, como la de todo escritor de estos libros:

Leyendo "Quiúbole"... lo dudo.
1.- Elabora una portada bonita, perfecta para postales turísticas o tarjetas Hallmark. Mientras más colores tenga, mejor. El título debe tener alguna fuente con serifa que permita el progresivo daño a la vista de tus clientes, pero que al mismo tiempo logre su atención, como una revista de chismes. Enfócate en ediciones de pasta dura, así la gente soltará más de 400 pesos en tu libro sin importarle el contenido de esas superficies lisas encuadernadas entre la portada y la contraportada (es decir, esos montones de hojas llenas de letras y carentes de dibujos). Ocasiona que tus libros no sólo sean la carnada para miles de personas engañadas que pretenden degustar literatura de calidad, sino la envidia de diseñadores gráficos y diagramadores de revistas de moda.

2.- Venda su libro y venda su alma (literalmente). Diga que la calidad literaria de sus libros es superior a las novelas de Charles Dickens o las composiciones de Ricardo Arjona. Cuando los periodistas y los críticos, “esos escritores frustrados”, hagan reseñas tan lapidarias que corran el riesgo de liquidar su cuenta bancaria, muéstrese amigable con ellos, invítelos a comer, sonríales para la foto. Organice lecturas en voz alta, firma de autógrafos en masa y hasta venda playeras y gorras con el título de su libro. Mencione entre sus influencias a escritores como Shakespeare (aunque se haya dormido leyendo Hamlet), y hágase el amigable mediante referencias a la cultura pop o chistes sosos en sus presentaciones de libros. Si le dicen que su prosa es basura, usted muéstrele las listas de los “más vendidos”, ufánese de que sus obras literarias las compran millones, mientras a un tal Tolstoi sólo lo leen estudiantes de letras ociosos. Sin estrategias de marketing aparatosas, tu libro sólo formará parte de aquellas gangas de “obras apestadas”, esas que cuestan veinte pesos o menos y que los compradores más “proletarios” deciden darle la vuelta, como si en la librería vendieran comida rancia. Los escritores deberían estudiar mercadotecnia.

3.- Aunque lo amenacen de muerte, le secuestren a toda su familia, o lo demanden por plagio, no describa. En esta modernidad donde sus lectores potenciales son sombras nómadas que únicamente se detienen a observar las cuerdas de sus zapatos (¡Oh, no!, realicé una descripción), y disfrutan de historias donde hay más estruendos y balas que personajes psicológicamente delineados o diálogos imborrables, a nadie le interesa perder el tiempo en que le digan cómo es una iglesia, una casa de campo o la belleza de una mujer, porque todo eso ya lo vio por televisión.  La descripción es la paja de los libros, es la parte aburrida que los lectores se saltan para llegar a “la acción”. La descripción es narcolepsia, palabrería en la que se regodean los escritores de academia. Sus lectores sufren de déficit de atención, si les describe se agotan, mejor estimule la hiperactividad y narre, ágilmente, las situaciones más disparatadas que le lleguen a su cerebro.

La manzana "podrida" de la literatura
4.- En tiempos de la posmodernidad, combine los géneros más incompatibles y revuélvalos en licuadora para crear historias. Por ejemplo, mezcle literatura de vampiros con suspiros de adolescentes aleladas por galanes-muñecos de plástico, para lograr  “Crepúsculo”. O historias que tengan que ver con conspiraciones, simbologías medievales y documentación “pseudo-histórica” más cualquier película de suspenso serie B con giros “inesperados”, y conseguirá “El Código Da Vinci”. Una vez lograda la mejor combinación, explótela hasta la extenuación. Así usted será un escritor encasillado con miles de fanáticos fugados de algún manicomio.

5.- La situación amorosa de su novela debe ser lo más tonta, predecible y anodina posible. Si sus protagonistas se enamoran con un solo diálogo, mejor. Haga que tengan sexo después de solo mirarse fijamente, concédales diálogos tan ridículos como “mi existencia sería un crudo invierno sin el calor de tus labios” o frases similares, que sus personajes sufran al recitar prosa poética como “no encajo en esta escuela” o “no soy buena en deportes. Nadie me ve, parece que no existo. Soy un bicho raro”. Dicen que el amor no se puede explicar, entonces, ¿porqué explicarlo?, este tipo de relaciones, mientras más inverosímiles y alejadas de la realidad sean, mejor. Si cumple esta regla, será la adoración de adolescentes hormonadas, señoras que siguen esperando a un príncipe azul y hombres aburridos que usan los libros como sustitutos de la pornografía.

6.- La historia que pretenda contar debe tener material para una saga, mínimo de tres libros. Así, crea una franquicia que seguirá ganando millones de dólares contando la misma historia, como un McDonalds. Su libro es comida rápida que se vende por toneladas, se elabora a las carreras, y provoca adicción en sus clientes. El argumento de su obra debe ser fácilmente adaptable para múltiples formatos, como una película o un videojuego, así usted seguirá lucrando con los derechos de autor sin golpear un teclado de su computadora. En caso de que su narración apenas se sostenga en un solo tomo, cuente lo mismo en otro libro, cambiando el título, los nombres de los personajes y algunas escenas (por ejemplo, en vez de ambientar la historia en las oficinas de la FBI, hágalo en las oficinas de la CIA). El final de un libro debe ser lo más ambiguo posible para que dé pie a una secuela. 

7.- Repita siempre los mismos tópicos de los Best-Sellers exitosos. Su protagonista debe tener las mismas virtudes que Jesucristo o el modelo de un anuncio de desodorantes, con sacos Armani y lentes de diseñador, dentadura perfecta y emocionalmente indiferente a todas las situaciones que se le presenten (debe poner la misma cara cuando besa a una chica o cuando lo sodomicen, por ejemplo). La chica del cuento debe ser bella, maquillada, intelectualmente reducida a un estereotipo y un accesorio de la historia. Entre los villanos, hay dos clases, los que en apariencia son buenos pero en realidad quieren clavarte una espada en el vientre (presente su lado oscuro en las últimas páginas, para crear el efecto dramático “no me lo puedo creer…otra vez”), y los “malos-malos”, esos personajes unidimensionales que sólo hace falta que les pongas el letrero “Cuidado, el hijo de Satanás en persona” en la frente, y cuyas intenciones se limiten a conquistar el mundo (como si no hubiésemos tenido gente igual en la vida real, por ejemplo George W. Bush).

8.- Desafíe todas las leyes científicas conocidas por el hombre y los convencionalismos académicos de las buenas novelas para tener escenas de acción “que enganchen”. Con la desbordante imaginación que Dios (o algún editor sin escrúpulos) le concedió, escriba sobre pistolas con balas infinitas, giros rocambolescos, paternidades silenciadas largo tiempo, prisioneros que mágicamente escapan de su tortura, explosiones que aturdan al lector, bombas cronometradas, destrucción repentina de edificios históricos, súper soldados equipados con las armas más mortíferas para destruir conspiraciones de algún comunista anacrónico, infinidad de cuartos oscuros donde los malos sorprendan a los buenos, luchas entre vampiros con gomina y hombres lobo con anabólicos, hackers que desquicien supercomputadoras, robos inexplicables de millones de dólares de un banco nacional con sólo cubrirse la cara con una máscara, muertos que resuciten gracias al  “poder del amor”, etc. Como versa un conocido adagio, “el cielo es el límite”.

9.- Pase de largo ante los convencionalismos del lenguaje y la literatura. Maltrate el castellano con vocablos extranjeros que se escuchen más pretenciosos, interjecciones como “Oh”, “Ah” o “Hey”, repita la misma palabra hasta diez veces en un mismo párrafo (si te preguntan, se te perdió tu diccionario de sinónimos), use repetidamente frases como “parecía que”, “increíblemente”, “desde luego”, “sin embargo”, “sintió que” o “pensó para sus adentros” (como si se pudiera pensar para los afueras). Atiborre sus textos con muchos signos de interrogación y exclamación, además de mayúsculas y tipografía cursiva, para que la gente se dé cuenta de los aspectos más relevantes de la trama sin necesidad de poner atención a la lectura. Sus personajes (y el narrador) deben hablar con frases hechas, por ejemplo, “te veré en el infierno”, “en mis sueños estarás”, “todo se está poniendo muy feo”, “estoy en un callejón sin salida” o “siento un coraje que corre por mis venas”. Si describe (véase punto 2), hágalo con tópicos, por ejemplo, “era un señor con bigote, un sombrero de charro y un sarape, con una botella de tequila en su mano izquierda y un chile en la otra” para delinear el perfil de un mexicano, o “eran un montón de cosas apiladas en la mesa” para no mencionar cada uno de los objetos que están sobre dicha mesa. Use adjetivos calificativos grandilocuentes, como “increíble”, “fantástico”, “maravilloso”, “avasallador”, “fulminante” o “terrible”. En caso de relatar el ambiente y las escenas de una ciudad en la que se suceda la trama, enuncie los principales lugares de atracción como si fuese un guía de turistas.

¿A dónde hemos llegado?
10.- Demuestre a su lector su erudición e investigación minuciosa (en Wikipedia o el Rincón del Vago) del tema sobre el que gire su historia. Con lo anterior, me refiero a que suelte nombres propios con conexión apenas tenue con la trama, haga hablar a sus personajes como si recitaran los dos primeros párrafos de la entrada “Cristianismo” de la Enciclopedia Británica, suelte dos o tres frases en una lengua extraña, e interprete (véase punto 4) un hecho histórico a su modo para lograr una novela de fácil digestión (por ejemplo, si el tema es “Jean Paul Sartre”, enfóquese en presentar la relación entre el existencialista francés y Simone de Beavouir con los estilos de Corín Tellado y el Marqués de Sade). En caso de no realizar trabajo de documentación para su novela, vierta sus problemas personales en la literatura y exagérelos hasta el melodrama (ejemplo, si sufrió un divorcio, aproveche esta situación para escribir una historia donde el marido sea un adicto al crack, golpeador de mujeres por placer y – efecto dramático de superventas- amante de su propia hija).

Gracias por su atención y espero una dedicatoria suya (o pago de regalías) cuando publiquen su historia.


jueves, 23 de febrero de 2012

Juicio a un hombre impasible (Divagación literaria)

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

Iremos por ti. Cuando no lo esperes, cuando bajes la guardia, cuando pienses en otros asuntos, te llegaremos de improviso y no escaparás. No habrá compasión, llorarás hasta que se te queme la cara y  los ojos se desprendan de sus órbitas. Morirás, tarde o temprano te encontraremos y te borraremos de la faz de la tierra. Nos veremos de nuevo en el infierno, si es que existe.

Te dejamos pasar demasiadas afrentas. Te pedimos cuentas y las evadiste. Te pedimos actividad y nunca te moviste. Te solicitamos atención y siempre estabas distraído. Nuestras advertencias fueron ignoradas, acalladas, embrutecidas. Ahora nos pides piedad, compasión, perdón. Demasiado tarde, somos duros y no nos emblandeceremos ante una apelación desesperada. Somos jueces inquebrantables y te condenaremos con todo el rigor que nuestra furia puede alcanzar.

No te escondas, te encontraremos. No pidas protección, al final estarás sólo. No corras,  te alcanzaremos. No pretendas acabar con nosotros, serás incapaz de lograrlo. No recurras al suicidio, es inútil, estaremos contigo para salvarte antes de que lo intentes siquiera. Estás acorralado, a tu alrededor vigila altanero nuestro cerco. Camina y veras nuestro pasos. Corre y notarás las zancadas que te persiguen. Vuela y nuestras alas de halcón romperán los vientos para encontrarte en las alturas.

Crees que nuestras amenazas son estériles, ¿entonces porque tiembla tu cara, se te deshacen las piernas y tus manos se hunden en helado sudor a cada momento que piensas en nosotros?. Sabes que existimos, que somos reales, y por eso maldices el día, la hora, la vida en que nos conociste. Crees que no tenemos el derecho de hacerte sufrir, pero te equivocas, tú nos perteneces y nuestras leyes decretan que eres el súbdito de la monarquía, el enano del circo. Desobedeciste nuestros mandatos y el que rompe las reglas merece que le desprendan la cabeza del tronco, con el único privilegio de ser carroña de animales hambrientos.

Iremos por ti. Te agradeceremos por engrosar la lista de piltrafas como tú que llevamos en nuestro currículum de exterminio. Así es, no eres el primero en caer en nuestras manos, ni serás el último. Y cuando el sol duerma en el poniente, vivirás la noche perpetua en la tierra de los muertos. ¿Oyes el zumbido de la silla eléctrica, sientes el filo de la guillotina que desgarra tu nuca, ves la rapidez con la que viajan esas balas en línea recta a tu frente?, ese es el recuerdo que deseamos que te lleves de nosotros. Somos las voces de tu conciencia, que tengas buen viaje.    

viernes, 17 de febrero de 2012

Alatriste y el plagio de las ideas (Opinión)

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

El caso de Sealtiel Alatriste amenaza con quedarse en el olvido si no se resuelven los principales conflictos derivados de sus acciones. No es suficiente con que el escritor decline al Premio Xavier Villaurrutia y a su puesto como Director de Difusión Cultural de la UNAM, si no se prenden los focos de alerta sobre las consecuencias que semejantes actos dejan en la vida universitaria y cultural del país.

Para la noticia sobre la renuncia de Alatriste pulse aquí:

El plagio es censurable, ya sea de uno o dos párrafos como de una tesis de doctorado. Las excusas interpuestas por Alatriste únicamente reflejan el pensamiento timorato de siempre: infringí la ley pero sólo tantito, me tienen envidia, soy víctima de conspiraciones, todo es mentira, las adversidades no me doblegarán. La corrupción bebe sus aguas de la falta de autocrítica, ese mundo donde los demás tienen la culpa menos yo. Las excusas sobre la verdad. ¿No es una situación ya conocida y vivida mil veces hasta el hastío, hasta perpetuarse en rutina?

Existen muchos Alatristes en las escuelas, en los centros de investigación, en todos los ámbitos de la vida, porque existe gente que los solapa e incluso los premia. Ante tal descomposición, hace falta la valentía, la honestidad, el atrevimiento, para defender los ideales más elevados que la teoría presume pero la práctica cotidiana aborrece: la búsqueda de la verdad, la transparencia, ayudar a la sociedad mediante los conocimientos de las ciencias y los valores de las artes.  Para erradicarlos, se necesita trabajo y disciplina para:

1.- Evitar el nepotismo a toda costa, ya sea para entregar premios literarios como “pago de favores” o colocar familiares en nóminas universitarias.

 2.- Defender la honestidad y respeto a las ideas (y textos) de los demás. Pasar de “citar al cuadrado” a citar con APA o a pié de página, con entrecomillados donde correspondan, bibliografía completa y las exigencias mínimas que se le solicitan a todo estudiante y académico que se precie de serlo.

3.- Que los rectores y jefes de departamento revisen con escrutinio el trabajo de sus profesores, investigadores y alumnos, para elevar los controles de calidad en la enseñanza de la educación superior. Así mismo, despedir a aquellos que no realicen adecuadamente su trabajo. Meritocracia, no burocracia ni tráfico de influencias.

4.- Que los señores llamados “intelectuales” concentren su tiempo en mejorar al país mediante su trabajo, nunca en alimentar su soberbia mediante premios y becas literarias, viajes al extranjero o puestos universitarios que sólo usan para el autoelogio y la condecoración de paredes.

5.- Mayor apertura a las ideas fundamentadas en el estudio y la ciencia, en los famosos círculos “intelecutales”. En estas sectas hablan pocos, son siempre los mismos, son intocables, se anclan en los mismos temas, y normalmente, defienden ciegamente una ideología generalmente ligada a la política.

6.- Las universidades deben hacerse de medios para evitar el plagio. Hay sistemas informáticos, como el Turnitrin, que revisan sobre millones de textos en sus bases de datos, para eludir este mal. Pero no existe nada mejor que poner el ejemplo día con día



Los mal llamados “intelectuales” necesitan dejar de alimentar una cultura del plagio, de la corrupción, de las estructuras de parentesco enclavadas en los centros de poder, del más intricado e intocable tráfico de influencias. En caso contrario, tendremos una cultura moribunda, doctrinaria a la hora de recetar medicamentos contra los males nacionales y, sin embargo, incapaz de curarse a sí misma. Una cultura idéntica a la realidad misma.