domingo, 17 de enero de 2016

Escondiendo el desempleo en el sótano

O como, con el pretexto de la formalidad, se esconden los cadáveres resultantes de la economía sumergida, y surgen payasos tenebrosos que asustarán a los gobiernos.

Por Andrés Gallegos

En 1978, descubrieron 33 cadáveres en el sótano de la casa de John Wayne Gacy. Este ciudadano de Chicago era un empresario respetable, conversador parrillero de fin de semana, y hombre comprometido con las causas sociales, quien se disfrazaba de payaso para llevar alegría a los niños. Quienes lo conocían, veían en Gacy a un líder político, un ciudadano modelo, el prototipo perfecto del self-made man, el americano afortunado que se realiza a sí mismo. Pero durante los últimos meses de vida, antes de que lo atraparan y se conocieran sus repugnantes actos, Gacy invertía en carbón de multitudinarias carnes asadas, perfumes y artículos de limpieza, para cubrir el mal olor que desprendía el sótano de su casa. La gente percibía los hedores, pero lo atribuían a un sistema de drenaje defectuoso o a la suciedad de los vecinos. Cuando los cadáveres, algunos hasta seis años pudriéndose en el sótano de Gacy, al fin reconocieron a sus familias que por tanto tiempo los buscaron, el desengaño y el sentimiento de culpa fueron tan grandes que tuvieron que demoler la casa para limpiarse de la hediondez que nunca supieron denunciar a tiempo.

Al saber del reciente desmantelamiento de los puestos de comida ubicados a las afueras de CUCEA y la Preparatoria 10, se me presentó la siguiente impresión: ante la falta de una perspectiva real de empleos dignos y apegados a la ley (más allá de las cifras alegres de los gobiernos), todos los comerciantes ambulantes desalojados pasan de ser invasores de banquetas a cadáveres pudriéndose en el sótano. Los nuevos gobiernos de la Zona Metropolitana de Guadalajara, junto a una administración estatal que maneja el mismo discurso, más allá del partido político, defienden la aplicación de la ley para favorecer al comercio formal de esa “gente holgazana y sucia que solo quieren ganar dinero fácil”. El problema es que las alternativas de trabajo parecen insuficientes o no justifican el alineamiento a la legalidad. Mientras el costo de la canasta básica se eleva, y con ella se deprime la calidad de vida y el bienestar de las familias, los salarios mínimos con los que se fijan los sueldos de la formalidad, se elevan míseros dos o tres pesos. La economía sumergida, pese a su intrínseca ilegalidad, es el campo de batalla donde la gente se bate a duelo para mantenerse el día a día, sin pagos de impuestos o permisos que reduzcan su poder adquisitivo, dinero fácil que sirve para calmar el hambre hoy, sin importar si hay enfermedades para mañana que puedan ser aliviadas con seguro médico o prestaciones de ley. La actualidad de sueldos estancados que cada vez compran menos cosas y la disposición de empleos que claramente no están a la altura de las necesidades de la gente, hacen que pervivan muchos informales, esos que ahora los gobiernos se quieren quitar de encima a cualquier costo.

La estrategia de acabar con cualquier clase de ambulantaje, en mi opinión, es una manera de echar cadáveres al sótano, mientras se trabaja en reducir el hedor. Tengo la impresión de que el combate encarnecido a la informalidad, es una argucia de legitimación gubernamental ante los grandes capitales del estado. A través de la asimilación semi-forzosa del ambulante a la economía formal, se pretende la captación de recursos públicos e impuestos que no se atreven a fiscalizar a los más ricos. Zapopan, tierra de acaudalados tan asustados por el rapto de sus riquezas, que deciden encerrarse mediante la privatización y enrejado de sus prósperas colonias; tierra donde las inmobiliarias son prósperas, sin importar si se acaban los pulmones naturales de la ciudad o desquician aún más la vialidad de la ciudad; tierra donde atragantarse de plazas comerciales lujosas tipo Andares son muestras de bienestar económico, mientras negar hasta las tortillas duras a los migrantes que pasan por sus casas es sinónimo de limpieza y seguridad; tierra que, según su mismo alcalde Pablo Lemus, es una de las “más desiguales del país”; acaba de descubrir que su principal problemática son los vendedores de comida no fiscalizados. Envueltos en el manto sagrado de la legalidad y la formalidad, los gobiernos se vuelven simpáticos ante los empresarios y cámaras de comercio, mientras los desterrados de la economía informal se les pudren debajo del jardín verde y regado que adornan sus casas.

Leí la extraordinaria crónica de Gonzalo Jáuregui, del periódico El Informador, del ambulante que se convirtió en el payaso “Pennywise”, de la película “It”, basado en una novela de Stephen King. El escritor de Maine se basó, a su vez, en la historia de John Wayne Gacy y su payaso bondadoso que hacía reír a los niños, pero a la distancia del tiempo y sabidas las fechorías de este asesino serial, verlo vestido como “Pogo” es perturbador. Así como el ambulante desterrado que ahora asusta para ganarse la vida, la insuficiencia de la economía formal en ofrecer trabajos decentes a esos que ahora les quita sus puestos de la calle, volverá a los afectados en dos tipos de personajes: o serán las víctimas desintegradas de ese sótano llamado desempleo, con todo lo que conlleva (mayor posibilidad de delincuencia, una vida aún más precaria, o hacerla de multichambas en empleos monótonos para ganarse la vida consumiéndosela con prontitud). O se convierten en las extensiones de la imaginación desquiciada del asesino serial, y así se visten de payasitos viviendo en los pozos y drenajes a los cuales está siendo arrumbada la economía sumergida. Ninguna de las dos opciones es saludable para los gobiernos, hoy imbuidas de la respetabilidad y el carisma de John Wayne Gacy antes de saberse sus crímenes. La primera opción ocasionará que los cadáveres ya no quepan en el sótano y entonces el gobierno arrojará los cuerpos a ríos, bajo un mayor riesgo de que se encuentren las evidencias del delito. En la segunda, corren el riesgo de que los payasos salgan del suelo y provoquen traumas mayores y noches de pesadilla.

martes, 12 de enero de 2016

The governor speaks

Por Andrés Gallegos

Como reportero de asuntos políticos, tengo una larga experiencia entrevistando a delincuentes. Una vez hablé con un alcalde cuya honestidad, rara en un político, lo había hecho confesar que “si había robado, pero poquito”. Otra vez platiqué con un Herodes mexicano que torturaba y mataba amigos periodistas casi como una patología serial, pero me decía alegremente que en su estado sólo desaparecen los Gansitos de las tiendas. Finalmente, recuerdo una conversación con un mandatario estatal que organizaba matrimonios dispendiosos, como si fuera un jeque árabe, y le maquillaban el rostro como un actor de telenovelas, pero tan embellecido quedaba que al final ya no sabía si estaba platicando con un ser humano o con un maniquí.

Tal vez por estos antecedentes, en principio no me sentí agobiado cuando recibí un correo electrónico cuya veracidad y origen eran del todo precisos. El gobernador Aniceto Tormenta, emperador plenipotenciario, alteza serenísima y estrella iluminadora de las conciencias ciudadanas del estado de Colosio, quería hablar conmigo de manera exclusiva. “Mañana, una de la tarde en palacio de gobierno, llegue diez minutos antes”. Sinceramente, esperaba una amenaza de muerte antes que la aprobación de una entrevista por parte una persona que prefiere desaparecer a los periodistas que entrevistarse con ellos. Llegó a mi mente aquella frase de Julio Scherer cuando se encontró con El Mayo Zambada, “si el Diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos”, pero súbitamente recordé la fama peligrosa, más allá de la demonológico, de este servidor público. Como una vecina entrometida, el miedo entró en mi cuerpo.

Dueño de un estado donde lo único que progresaba era la pobreza, Tormenta tenía detrás una serie de expedientes delictivos que abochornarían a los asesinos seriales, narcotraficantes y ladrones inmobiliarios de cuello blanco. Había llegado a la gubernatura mediante el fraude electoral y la compra de votos. Ya en el poder, el mandatario estableció un deterioro tan general que Colosio parecía ser gobernado por la averiada central nuclear de Chernóbil. Las semillas de los cultivos se asustaban tanto de crecer en Colosio, que preferían dejarse marchitar por honor como un samurái japonés. Los empleos abortaban del cuerpo de ese estado antes de nacer siquiera. Los habitantes que no tenían los recursos para exiliarse de Colosio, adquirían el fatalismo oracular griego de esperar la inevitabilidad de lo peor. Si un gobernador vecino perseguía periodistas hasta asesinarlos en la clandestinidad, Tormenta directamente organizaba pogromos contra mis colegas disidentes, como la antigua Rusia de los zares contra los judíos.

Con la ingenuidad que caracteriza a los defensores y practicantes de la ley, se esperaba que estas y otras fechorías fueran duramente perseguidas por la Procuraduría General de la República, la policía, o ya de plano la DEA o la CIA, para que al final los robustos huesos de Aniceto Tormenta habitaran la cárcel y sus propiedades regresadas legítimamente al pueblo de Colosio. Pero las fuerzas de seguridad eran incapaces de aprehenderlo. Tormenta se escondía hábilmente en alguna de sus notas pagadas a los periódicos locales, en la seguridad de un estrado donde discurseaba largamente sobre los beneficios de tener piso firme a los beneficiados de un programa social, en el seguro refugio de una reunión con las organizaciones empresariales de Colosio, o bajo el abrigo de miles de paleros ruidosos entrenados por sus grupos sindicales.

Así que cuando se presentó la oportunidad de entrevistar a semejante prodigio de maldad y villanía, decidí superar ese súbito miedo que se me presentó al recibir la notificación de la entrevista exclusiva, y afrontar el desafío. En esta decisión, también deliberé hacer caso omiso de mis dudas deontológicas. Muchos colegas periodistas me tachan de encubridor y cómplice de delincuentes por entrevistarlos en sus palacios de gobierno, que debería denunciarlos en mis notas y ayudar a la gente honesta a hacerles saber su paradero, para que así los linche el populacho en alguna vía pública y se haga justicia. “Tus entrevistas son apologías del delito, como las conversaciones de López Dóriga y Peña Nieto”, sentencian. ¿Pero qué puedo hacer?, mis editores exigen que cubra hasta los pedos que se tiran los políticos, porque según ellos el olor que emanan representa un gran interés para la opinión pública. Además, en un país que entrena a sus mejores francotiradores en volar los sesos de periodistas, no hay posibilidad para hacerse el héroe. O comes cuernitos de jamón y queso amarillo, cortesía del poder, con tus compañeros de fuente, o pereces.

Al llegar a palacio de gobierno, los nervios se agolparon en mi cerebro y se extendieron a mis manos frías y sudorosas. No estaba preparado para lo que atestigüé apenas entrar. Dos guardias de seguridad me hicieron pasar y me dirigí a un pequeño salón, le llamaban área de espera.  “Vengo a la entrevista con el gobernador”, dije apenas entrar, y una chica de mejillas sonrosadas, pelo negro hasta donde la espalda pierde su casto nombre, un pantalón de mezclilla que realzaba la coquetería abundante de sus nalgas y la firmeza de sus piernas, y unas botas cafés que le llegaban hasta la mitad de sus tobillos, me recibió con una sonrisa burocrática que los solitarios confunden con enamoramiento a primera vista, y me dijo. “Siéntese y espere”.

Y allí me tienen en el infierno de la monotonía que precede a la entrevista con Aniceto Tormenta. Scherer contaba que le vendaron los ojos antes de ver al Mayo Zambada. En mi caso, hubiera preferida esa venda o algún sedante para no sucumbir a la desesperante rutina de la burocracia.  La chica escribía en su computadora, y de vez en cuando acudía al despacho del gobernado, para luego regresar y hacer lo mismo de antes. Una cafetera chillaba, y un televisor narraba el caso de una chica que era lesbiana y amaba a su novia pero está en realidad era un hombre operado. Las únicas lecturas disponibles eran un periódico de chismes políticos escrito por chimpancés a sueldo y folletos de propaganda. Eso sí, en una de las esquinas estaba omnipresente el retrato de Aniceto Tormenta, con su mirada anhelante y tierna al vacío, como un James Dean y su rebeldía sin causa. Debajo de la foto había una frase tan apolillada, amarillenta y vetusta como las paredes de la sala de espera, “el trabajo edifica a este gran estado”.

Estas fueron las preguntas que el gobernador contestó en mi exclusiva, mutilando preguntas y acomodándose otras a su gusto y placer, como un amante experimentado de lupanar:

¿Quién es Aniceto Tormenta?

Soy un gobernador piadoso, un hijo amoroso y un padre protector. Soy el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos.

¿Cómo fue su infancia?

Maravillosa. Solía moldear pájaros de barro y cuando los lanzaba al aire emprendían el vuelo hacia el cielo, la morada de Dios. También curaba las enfermedades mediante telepatía e imposición de manos.

¿Cómo surgió el deseo de ser gobernador?

De mi amor desinteresado por todas las criaturas vivientes del estado de Colosio. Podría decirse que mi labor no es solo política, sino espiritual. Sacar adelante a Colosio es como un mandato divino. Yo solo soy un conducto para que estimule y nazca la grandeza de este estado y sus benditos habitantes.

Lo acusan de fraude electoral para tomar la gubernatura de Colosio. ¿Qué opinión le merece esto?

Complot. Política ficción.

Dicen que en su gobierno aumentan los pobres y se enriquecen sus familiares, ¿esas son sus políticas de desarrollo social para Colosio?

Los pobres son bienaventurados porque de ellos es el reino de los cielos. Y mis familiares no se enriquecen, solo aprovechan las circunstancias de una economía en bonanza que ha beneficiado a tantas personas en Colosio.

¿Tiene relación con la delincuencia organizada?

I’m sorry, nothing to say.

¿Algo que decir a sus detractores?

Perdón señor cardenal, chinguen a su madre.

¿Puede considerarse el mejor gobernador que ha parido el universo desde su alumbramiento hace 15 mil millones de años?

¡Qué buena pregunta me hace, señor periodista!, pero, de acuerdo a mi talante democrático, dejaré que mi pueblo, al igual que las confederaciones de gobernadores de otros sistemas solares y galaxias donde haya vida inteligente, lo decidan mediante un plebiscito o una encuesta Mitofsky.

¿Cuáles son sus sueños a futuro?

Hacer de Colosio la tierra prometida, la tierra buena y amplia, donde fluye la leche y la miel.

La conversación terminó. Antes de despedirnos, Aniceto Tormenta me toma por la espalda y me pide que posemos para una fotografía, y así probar la veracidad del encuentro.

- Digan whisky - ordena la fotógrafa, que resultó ser la misma chica antes descrita.

Suena el chasquido de la cámara y la luz pinta nuestras caras de blanco, como mimos callejeros.

lunes, 11 de enero de 2016

La muerte de los héroes

Por Andrés Gallegos

La reciente muerte de David Bowie será otro pretexto para que muchas viejas argüenderas de iglesia, con sus rancios consejos morales, dictaminen cómo se debe sentir las personas. La principal admonición será “ay si, ay sí, todo mundo habla bien del muertito ahora que está todo tieso y encerrado en el cajón debajo de tanta tierra, pero en vida ni las moscas se le arrimaban, seguro lo hacen por moda”.

Algo hay de cierto en esta rabieta. Verdad es que hay cadáveres tan inexpresivos y apáticos en vida, cuya elocuencia se reduce a poner la fecha de nacimiento y muerte en el ataúd. Hay personas que fueron tan rácanas y mezquinas en vida, cuya única aportación abundante y desinteresada son sus olores de descomposición, por los cuales nos percatamos de la necesidad de sepultura del cadáver. Igualmente, hay espíritus tan malvados y grotescos que necesitarían propagandistas tipo Goebbels o plañideras profesionales para ser rehabilitadas sus virtudes.

Pero en toda muerte hay desamparo.  De alguien que nos deja un poco más solos en el camino de la vida. Y cuando los fallecidos son personas de pisada firme y huella profunda, genios de obra perdurable para el rock y la cultura popular como David Bowie, crece la protesta multitudinaria hacia la insensibilidad de verdugo de la muerte. Se reúnen las voluntades, se entrelazan solidaridades antes errantes, vagabundas y solitarias, para manifestar juntos la rabia ante la injusticia antropofágica de la deidad que exige nuestra sangre, sin que las más exhaustas y tercas de nuestras súplicas revoquen una decisión la cual nadie nos pidió opinión o parecer.

Reconozco que no soy seguidor de la carrera de Bowie. Apenas he escuchado algunos discos, entre ellos "Hunky Dory" o el asombroso “The Rise and Fall of Ziggy Stardust”, canciones como “Heroes” o “Starman”, y sus colaboraciones con el grupo canadiense Arcade Fire. Hasta recuerdo su faceta como actor en “El gran truco” de Christopher Nolan, interpretando al inventor Nikola Tesla. No tengo la sensibilidad del fan que ahora llora el fallecimiento del admirado artista. Pero entiendo el luto gregario que los hombres destinan a sus héroes caídos, alejado totalmente de la moda entendida como celebración momentánea de lo pasajero.

Los rituales son repeticiones con significado. El “descanse en paz” que la mayoría de las personas dedican a los héroes de guerra cuya espada jubila para siempre, encierra una profunda melancolía y agradecimiento, dentro de un proceso de identificación con el otro. Porque yace una madre que amó, un padre que orientó, un maestro que aconsejó, un amigo que apoyó, una novia o novio que besó, una mujer o marido que quiso y conoció a su pareja mejor que nadie más. Con los héroes más cercanos y admirados, todo esto se multiplica, porque también descansa el que tuvo valor cuando todos los demás tenían miedo, el que creó cuando todos los demás repetían y copiaban, el que construyó mientras los demás destruían, el que emocionó cuando todos los demás aburrían. Porque en su vida hemos vivido la nuestra y viven todas las otras vidas que aún no son arrojadas al sótano oscuro de lo que dejó de ser, hoy dejamos que nuestro héroe descanse en paz.

Y si se habla casi inexorablemente bien de los muertos es porque la muerte, paradójicamente, es la purificación de la vida, rehabilita la memoria, limpia las heridas y olvida los resentimientos. La muerte también es, en cierto modo, simpatía por el que en vida padeció las circunstancias sociales desgraciadas, el deterioro programado de la vejez, la enfermedad que consumió el cuerpo hasta dejarlo hecho una piltrafa, o los dolores físicos y emocionales más agudos y persistentes. Así pues, los ataúdes son abonos donde las semillas se reafirman hasta dar nuevos frutos, no solo la guarida de gusanos que devoran con avidez la carne descompuesta de sus inquilinos

Lamentamos la muerte de los héroes porque con sus hazañas marchitas se deprimen los referentes que marcan nuestra vida. En muchos casos todavía un niño, el ser humano se muestra alérgico y rebelde ante el alivio del deceso en forma de duelo que propone el tiempo. Aún necesitamos de padres, guías, luces con las cuales iluminarnos en la oscuridad, alimento que nos sacie el hambre que siempre renueva el apetito. En el caso de los artistas y genios, su ausencia se ahonda porque ellos son los que proponen con su trabajo nuevas formas de vida, lejanas a las burocráticas y vacías que nos proponen los medios hegemónicos de pensamiento. Así, su alejamiento definitivo veta la posibilidad de trascender la vida de maneras novedosas, limitándose a recurrir a la memoria histórica, desprovista de la adrenalina que provee el diario vivir, donde nos preguntamos cuál será la nueva creación mitológica del héroe.

Así que comprendo a los fans de David Bowie cuando se reúnen por millones a despedir a su héroe por última vez, y también entiendo la solidaridad de quienes no son seguidores del camaleónico  músico. En mi caso, me pasó algo semejante cuando murió Miguel Calero, el futbolista colombiano. Yo no era seguidor del Pachuca, ni tampoco hubiera matado por recibir el autógrafo del guardameta. Pero sentí una extraña opresión en el pecho cuando falleció. Era un tipo de vida profesional ejemplar, y su prematura muerte (feneció a los 40 años de un padecimiento cardiaco) me pareció injusta, al igual que sorprendente el cariño de la gente. Familiares míos que admiraban al papa Juan Pablo II siguieron con ambiente de velorio, por televisión, el transporte de su cuerpo hasta las grutas de la Basílica de San Pedro, mientras en Roma muchos lo lloraban. Cuando fallecieron los actores Robin Williams y Phillip Seymour Hoffman, no solo lamenté la muerte de dos grandes del cine de Hollywood, sino la corrosiva fragilidad tanatológica que dejaron oxidar en sus espíritus hasta que se les pudrió la vida, uno por suicidio al saber que tenía Mal de Parkinson, el otro por una sobredosis de heroína.

Censuradores de muertes ajenas, dejen que los fans entierren a sus héroes, que extenderemos nuestros brazos en solidaridad cuando se les mueran los suyos.

viernes, 8 de enero de 2016

Historias que no te contaron de la captura del Chapo

Por Andrés Gallegos

I - MEMORIAS DE UN SOLDADO DE LA MARINA

Estábamos todos ahuevonados y con sueño, porque a nuestro mando se le ocurrió atrapar al Chapo Guzmán desde antes de las cuatro de la mañana, con el pretexto de que a quien madruga, Dios le ayuda. Le decíamos a nuestro teniente que mejor lo agarráramos despuesito de las tres de la tarde, con suficiente sol para ver por dónde se nos escapaba pero sin tanto calor que no nos hiciera sudar a chorros. Pero el jefe, supersticioso y terco, nos aseguró que la captura del narcotraficante tenía que ser pronto, porque si no lo capturábamos antes de las nueve de la mañana, el dólar aumentaría su precio hasta los 20 pesos, ya que informes privilegiados aseguraban que esta moneda estaba confabulada con el Chapo Guzmán para poner de cabeza la economía de nuestra nación.

Como yo no entiendo nada de eso del dólar, porque me alimento de frijoles caldudos y cecina dura, pero obedeciendo las órdenes de mi teniente, marchamos hacia Los Mochis y después de una balacera y algunos muertos, capturamos al Chapo Guzmán. Cuando estaba en entrenamientos con la Marina, nos decían que este señor era el más peligroso, pero cuando lo tuvimos en nuestro poder, el señor se dejó atrapar de manera mansa, como un niño que recibe el castigo merecido de sus padres. “Así que nos vemos de nuevo, muchachos”, nos dijo con voz fatigada por el sueño. “¿Ahora a que penal me van a llevar?”, nos preguntó de una manera tan amable y cortés que yo tenía ganas de decirle “si no lo quieren en las cárceles de nuestra nación, en mi casa hay espacio para usted, mi mujer hace una sopa de fideos riquísima, le va a gustar”. Pero en la Marina tenemos prohibido hacer esta clase de confidencias, aún con delincuentes de largo trato y tiempo de conocernos.

Ya con el Chapo en nuestro poder, el jefe de comando nos felicitó por nuestra labor insigne y patriótica, y nos dijo que en unos minutos más nos traería una sorpresa. Pensaba en las putas y el alcohol que nos íbamos a zampar, cortesía del Ejército, cuando se presentó ante nosotros el señor presidente, comandante supremo de las fuerzas armadas, Enrique Peña Nieto. La emoción nos embargó a tal punto que unos lamentaban no traer pluma y papel para pedirle un autógrafo, otros sacaban los celulares que le confiscaron a los muertos en la refriega de unas horas antes y le tomaban fotos que les encargaron sus esposas, porque estas querían ver lo guapo que estaba, y unos más, me incluyo, pensábamos en lo buena que estaba su hija Paulina. Cuando me tocó el turno de estrecharle la mano, ya le iba a decir “suegro” pero las estrictas reglas marciales, que nos impiden llamar al presidente sino por su nombre completo y siempre anteponiendo el “comandante supremo de las fuerzas armadas, azote de Dios y centauro de las mil victorias”, bajo pena de ser juzgado por un tribunal militar como traidor a la patria, me obligaron a respetar el protocolo.

Luego de los saludos, el presidente sacó unas hojas donde, pensaba ilusamente, tenía escrito su discurso de victoria, pero las utilizó para secarse el sudor. Hice saber mi sorpresa ante semejante acto, pero un compañero me comentó que el presidente no lee más que la Biblia, y no toda, solo algunas partes. “Probablemente se está preparando para cuando venga el Papa Francisco  y no lo agarren en curva”, terminó mi compañero, mientras para mis adentros pensaba en que tal vez la captura del Chapo no se debía a eso del dólar, sino para que el Santo Padre no se asustara por las balas y el narcotraficante no utilizara el culto a Jesús Malverde para restarle competencia.

Aun así, yo esperaba un discurso motivador, donde a nuestra hazaña se le comparara con Gaugamela, Maratón o Austerlitz, repleto de expresiones como “patriotismo acerbo y ardoroso”, “cumplimiento del deber”, “servidores de la nación” o “México avanza hacia la prosperidad”, pero luego de unos segundos de reflexión, nuestro señor presidente señaló a la dirección del Chapo, que estaba jugando quintilla con dos de los soldados.

“Pongan enfrente de mi al Chapo, quiero hablar con él”, dijo.

Llevamos al delincuente a su presencia, el presidente lo miró fijamente y con odio, mientras que El Chapo le soltó una mirada tierna como diciéndole “¿me extrañaste, tesoro?, dime algo, ¿por qué me miras así?”

“Joaquín Archivaldo Guzmán Loera”, empezó nuestro comandante supremo, con tono melodramático de telenovela, “tú, miserable canalla, prometo… que acabaré contigo, malnacido infeliz”.

El narcotraficante no replicó. El presidente prosiguió su plática

“Jamás te perdonaré lo que me hiciste, ¡y no me mires como si no lo supieras!. Pero al fin nuestra familia descansará en paz, porque tú, si tú Joaquín, mataste a mi esposa Mónica y eso nunca, me entiendes, nunca te absolveré de esa canallada, por más que quieras escapar para evitar tu sentencia”.

“Pero Enrique”, interrumpió el Chapo, “¿pues que tu esposa no se murió de… esta enfermedad… epilepsia?”.

Ante semejante falta de respeto a la investidura presidencial de nuestro supremo comandante, mediante una alusión totalmente personal y delicada, Enrique le propinó una cachetada al narcotraficante y acto seguido volteó hacia nosotros y nos dijo

“Apártenlo de mi vista y enciérrenlo, pero antes, llévenselo a López Dóriga que me pidió una entrevista exclusiva con el Chapo, así de cuates. ¡Y cuidadito con que se vuelva a escapar!, ¿eh?”.

Nos llevamos al Chapo hasta la sede provisional del comando, y mientras el narcotraficante iba con nosotros, una señora cuarentona dijo con una voz alta y rencorosa “¿dicen que ese Chapo es un criminal peligroso?, un pendejo que se deja capturar tres veces no asusta ni a los muertos”. Casi enseguida, un señor de lentes que tenía un periódico “La Jornada” debajo de la axila izquierda nos gritó, “mentirosos, ese no es el Chapo, es Don Rogaciano, el señor que repara llantas en el Centro, basta de engañar al pueblo”, con una certidumbre tan demoledora que tuvimos que pedirle al Chapo su credencial del INE para corroborar que si era él en persona.


II - CARTA DE AMOR DEL CHAPO A LA CARCEL

Vieja ya mero regresa tu viejo de Sinaloa que te dejó toda solita durante cinco meses pero ya voy de vuelta para darte el amor por el que tanto reniegas y deseas cochinota entonces qué dices que se arme la peda y la carne asada porque el Chapo el mero mero del cartel de Sinaloa vuelve para demostrar quién es el más chingón y a todos esos pendejos que te coqueteaban en mi ausencia se los va a cargar la verga pero si me llego a enterar que le entregaste el culo a alguno de esos presos te la voy a meter con todo y mi cuerno de chivo para que de una vez entiendas que el Chapo es tu hombre culera.

Por ahí me enteré que andas diciendo que ya no te quiero que ya me olvidé de ti y me mandas a los federales para que me busquen según tú porque yo estoy en malos pasos matando gente vendiendo droga y empedándome con mi compadre el Mayo de quien dices es muy culero porque desde tu juventud le echaste los perros y él ni te peló pero se te olvida pinche vieja ingrata que yo me enamoré de ti desde aquel 1993 en donde los pendejos del gobierno me usaron de carnada por lo de aquel cardenal que se chingaron en el aeropuerto de Guadalajara y me traían todo puteado desde Guatemala mientras los federales me decían que confesara y yo les decía a todo sí lo que ustedes digan y manden y ellos me decían que dejara de hablar que yo era un buen soplón pero que me callara la puta boca porque les decía que todos los policías generales y procuradores eran todos unos pinches corruptos pagados y mantenidos por nuestro cartel y todo el puto gobierno era una bola de bandidos que bailan como monos de circo cuando les ofreces billetes del narco pero los federales me decían que me callara que era un metiche y que más valdría que cambiara mi declaración sino me pudriría en la cárcel como Don Neto y yo no les dije nada porque entonces me puse a pensar en el momento cuando valimos verga y recordé esa vez que algún pendejo mató a aquel agente de la DEA y los putos gringos se nos dejaron ir encima como chuchos ellos son así te ponen y luego te tumban.

Entonces nos enamoramos y de verdad yo te amaba bien sobre todo cuando me pedías que te zangoloteara los barrotes de tus piernas porque los sentía muy fríos y cuando te tocaba te estremecías y llorabas y gemías como una gatita y cuando acariciaba tus paredes duras y grises estabas muy cerca de mí y me abrazabas pidiendo más amor y cuando despertaba todas las mañanas allí estabas tú para decirme al oído que nunca me dejarías solo que estaríamos juntos para siempre pero tu amas y demandas demasiado de mi me quitabas mucho tiempo y necesitaba ser libre me asfixiabas y pues el hombre necesita salir conocer el mundo y no quedarse encerrado entre paredes y rejas te decía todo eso y tú toda necia con que debía guardarte fidelidad el destino nos unió nacimos el uno para el otro y que solo la tumba podía separarnos yo no me acordaba de haberme casado en ningún pinche altar para jurarte amor eterno pero tú toda celosa te enojabas si me ponía a sobornar a los guardias a tirarme a las cocineras y las putas o a hablar con mis amigos del cartel y yo te decía algún día voy a escapar de ti hija de la chingada y tú gritabas y me llorabas diciendo perdóname mi Chapito ya no te vuelvo a decir nada pero minutos después seguías chingando y yo ya estaba hasta la madre.

Así que un día aproveché que llevaba la ropa a la lavandería por ti y me fui de tu vida por los próximos trece años a esconderme en las montañas de Sinaloa allí donde ni muerta pudieras encontrarme cabrona pero eras tan pinche rogona que hasta ausente me buscabas mientras me convertía en el capo más chingón de la droga tú me dices que yo soy un ingrato y un infiel pero lo que se te olvida cabrona es que siempre pensaba en ti en todo momento y te veía en todas partes en los cuerpos colgados de los pendejos de los Zetas en la revista esa gringa donde decían que era de los más ricos del mundo en los billetes ensangrentados del cadáver del traidor y miserable de El Barbas que mató a mi hijo Dios lo tenga en su gloria y en cada balacera donde nos chingábamos a nuestros enemigos en cada narcocorrido que me dedicaban en cada sembradío de mota y en cada uno de los políticos alcaldes y gobernantes que me sonreían embarrados de mierda y asustados porque su vida dependía de mi protección allí estabas tú culera siempre chingando que regresáramos juntos que todo estaba perdonado mientras en mi mente te decía que no y tú me mandabas a la DEA y a la PGR y al Ejército a encontrarme mientras yo te gritaba sigue enviando a más pendejos de estos que jamás volveré arpía del demonio.

Tanto era tu amor esclavo que me agarraste y me volví a vivir contigo en 2014 mientras me volvías a ver me decías que cambiado estás ese bigote no se te ve bien que si deveritas era yo y te respondía que dejarás de estar chingando ya me tenías a tu lado otra vez que más quieres pero tu insistías en que debía sentar cabeza y que formáramos familia que no importaba todos los hijos que tenía regados con mis otras mujeres que tú me amarías tal cual era pero eres insoportable y celosa maldita bruja siempre vigilándome con el garrote de guardia y las cámaras de vigilancia a donde quiera que iba una noche toda histérica me dijiste que si me volvía a ir me encontrarías por cielo mar y tierra hasta el fin del mundo y fue así que me decidí escabullirme por debajo del suelo hasta ver la luz al final del túnel porque tu obsesión hacia mí me orilló a huir de ti como una rata de alcantarilla porque hasta ese nivel tan bajo rebajaste mi dignidad vieja cabrona pero en libertad estaba solo y mientras me tiraba a decenas de putas buscaba en su piel tu olor y en sus labios tus besos y mientras mis amigos me decían Chapo bienvenido a su casa a sacar el negocio adelante más cansado me sentía y tú no estabas a mi lado para poder descansar en tus brazos.

Porque te extraño y te necesito es la razón por la que vuelvo a ti no sé qué pinche embrujo habrás hecho pero al fin reconozco que eres el amor del resto de mis días así que prepárate vieja porque tu hombre ya regresa contigo a ver si de una vez te quitas esos pinches celos que el Chapo es hombre de palabra y que mi amor por ti es verdadero y puro pero te advierto mi cabrona que si luego me estás chingando ya sé cómo escapar de tus abusos vieja arpía así que tómame pero como soy para siempre o tendré que huir de nuevo y yo sé que eso no quieres porque tienes miedo de morir sola y vacía y porque nadie te llena la vida como yo lo hago entonces amémonos con lo que nos queda de nuestros viejos y arrugados cuerpos y mientras te la meto pueda sentir tus chichis y tu pucha mientras en algún lado suena el narcocorrido que dice hijos que alegría me da estoy bien en el penal cómo se encuentra mi gente allá por la capital hijos también los extraño pronto voy a regresar.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Un amigo de alto rendimiento

Por Andrés Gallegos

I

“Estimado Felipe:

Disculpa por escribir esta carta con dos años y medio de retraso. Lamento que mi amistad contigo sea como los cometas, una estrella fugaz que se aparece cada periodo prolongado de tiempo. Mis buenos propósitos duran tanto como un recuerdo en la cabeza de Dory, la pez azul de Buscando a Nemo. Pero antes de que se me vuelva a olvidar, aprovecho para agradecerte por invitarme a tu fiesta de graduación.

Me dio mucho gusto verte con una felicidad tan erguida, que llegué a pensar si realmente tu lugar era como reportero en un medio de comunicación o en una duela de baloncesto. Cuando me presentaste a tu familia diciendo “este es el joven de quien les hablaba”, rememoraste mi graduación, en donde mi padre, un palo de escoba con patas, se puso a bailar (seguramente por algún embrujo) por primera vez desde su matrimonio hace más de 20 años. Eras un cántaro tan rebosante de sueños, que yo me empapé de ellos y calmaba mi sed mientras bebía, “si, eso es lo que VAMOS a llegar a ser”.  

Seguramente me dirás “muchas gracias, tocayo, fue muy importante que usted fuera a aquella fiesta”. Pero aún no sabes lo importante que esa invitación fue para mí. Cuando les comenté a mis padres que un muchacho llamado Felipe me pedía acompañarlo a su fiesta de graduación, ellos se entusiasmaron más que yo, quién no terminaba de creerlo. “Pero si no lo he frecuentado tantas veces como al Nava o al Gerard, ¿qué habrá visto él en mi para hacerme esa invitación?”. Me respondieron “eres un ejemplo para muchos, pero aún no te has percatado”, “¿ejemplo de qué?”, “de ser una buena persona, aunque eres tan acomplejado que apenas lo percibes. Ve a Ocotlán, ándale, mientras aprovechamos para limpiar tu mugrero de cuarto”.

Creo que una de las grandes cualidades de los amigos es que motivan a percatarte de tus propias virtudes. Con ellos, nos volvemos menos agrestes, solemnes, apáticos. En definitiva, menos culeros. No olvidaré que, motivado por esa invitación, dejé de lado los juicios fatalistas sobre mí mismo. Aprendí a ser agradecido con los que te brindan cariño, a abandonar el egoísmo que todo lo pide y nunca se ofrece. Fuiste muy gentil al pedirme que te acompañara, y espero que esa presencia mía, muchas veces distraída y perezosa,  haya sido estimulante para ti.

Dormí bien aquella noche. Perdona por no cumplir uno de tus sueños, que era despedirnos juntos en el programa de radio “Alto rendimiento”, hablando de deportes y esos temas que tanto nos gustan. Lástima que nuestra predicción de que a Gerardo Martino le iba a ir bien en el Barcelona fue fallida. El “Tata” nada más no dio el ancho (no es albur).

Con afecto: Andrés”.

II

¿Te acuerdas de esas pláticas futboleras?. Andábamos el Toño, tú y yo, hablando y hablando, con premura para que no se nos agotara el tiempo de plática, en voz alta para que la gente escuchara nuestro borlote. Empezaste diciendo que cómo veías a nuestras Chivas, y yo decía “de la chingada”, y nos reímos con esa risa lastimera y estruendosa que disfraza las miserias con bromas que intentan sujetar al optimismo de las greñas para que no se vaya. Después el Toño decía que los partidos de Chivas se volvían más aburridos, y que a los jugadores les faltaba corazón y entrega, y se tocaba el pecho como cerciorándose que el organismo de él si latía con fuerza, no como el de esos mercenarios sin sangre, que apestaban a muertos pero que nadie les había avisado. Después, yo te dije que el mejor partido que había visto en mi vida como aficionado chiva, era aquel 4-0 contra Boca Juniors. Y sonreímos de nuevo con aquellos pinches golazazazos del Bofo Bautista, que traía como perros a los defensores argentinos; con la cara de Abbondanzieri que nada más le faltó llorar aquella noche; del Chuy Corona que le sacó una pelota de gol al Chelo Delgado, y concordamos en que, pese a ser atlista, le agradecíamos aquellos dos grandes partidos que dio con Chivas.

Luego nos quejamos con amargura del pinche juguetito que es la Selección Nacional. Yo te acordaba de aquella misma Libertadores del 2005, y lamentaba con énfasis que, si el pendejo de LaVolpe nos hubiera dejado a los seleccionados de Chivas, y si la puta Confederaciones no se hubiese jugado al mismo tiempo, ese plantel si se andaba chingando al Sao Paulo en la gran final, porque nadie nos podía parar, y jugábamos el mejor futbol de Latinoamérica. Pero tuvimos que jugárnosla con el pendejo de Talavera, que se tragó dos de los tres goles de ese equipillo brasileño, el Paranaense, que no tenían nada y jugaban basura, pero nos echaron de la Copa en semifinales y ni modo, había que guardarse la ilusión para otro momento. De mi parte, no había gritado ningún gol de aquel Tri que según la prensa jugó un futbol maravilloso, para terminar como cuarto de ocho equipos, en un torneo molero de selecciones que de pronto pasó a ser como una segunda Copa del Mundo para los payasos de la prensa deportiva mexicana mediocre y matraquera.

Recordábamos momentos felices, y empezamos a enumerar a nuestros ídolos con premura, como si se nos fueran a olvidar si los dejábamos de recordar. Hablamos de Ramoncito Morales, que le pegaba a los tiros libres como Dios y mandaba unos centros chingones con la zurda, y que además de elegante era una gran persona. Nos acordamos de Ramón Ramírez y su juego creativo, el cual el pendejo de Salvador Martínez Garza lo vendió al América, y nuestro ídolo, incómodo y frustrado, decía defender los colores azulcremas como todo un profesional, pero lo decía de dientes para afuera, porque Ramón era chiva de corazón y jamás jugaría mejor que con nuestra camiseta. Del pinche Bofo intermitente, que cuando quería jugar era un crack, y que le estábamos agradecidos por siempre por aquel gol del título del 2006 contra Toluca. Del Manuel Sol que siempre se la rifó en la contención. Y hasta del Maza Rodríguez, ese troncazo que nos sacó dolores de cabeza al verlo jugar, pero al final le reconocimos su entrega y pundonor… hasta que se vendió por unos cuantos dólares para jugar con las wilas. Luego creo que yo mencioné Oswaldo Sánchez, y el Toño me dijo “no mames, ese jodido traidor que se quede en Santos, nos vendió por el puto dinero”, pero yo lo defendí, diciendo que el guardameta se la rifó con Chivas, y que después de todo, no podíamos recriminarle a alguien que vino procedente del América y se había formado en el Atlas. No sé si tú mencionaste Omar Bravo, y el Toño y yo decíamos que el mochiteco nos caía de la chingada, porque fallaba un montón de goles y además, como en la película de Matando Cabos, está bien pinche visco.

En otro momento te dije que yo ya estaba hasta la madre del dueño idiota que teníamos, y de su esposa Angélica, y que ya no iba al Omnilife como protesta por las continuas cagadas del vende-polvos, tantas que las Chivas tenían más aspecto de fosa séptica que de equipo de futbol. Acto seguido, usted me dijo “le voy a seguir la corriente, tocayo, ya la neta me hartaron las pinches Chivas”, y yo me reí incrédulo como diciendo “este cabrón es más chiva que su primo el Juanito Magallón, y más rojiblanco que el escudo, seguro lo dijo de broma”, pero usted me dijo “es en serio”, y renegaste del imbécil del Chapo Sánchez que no daba un puto pase correcto, del pecho frío de la Pina Arellano que se lesionaba cada dos minutos, del borracho de Marquito Fabián que nomás nos vendía espejitos, y del “Güero” Real, técnico sobrevalorado por la prensa que se cagó en la final de la Libertadores del 2010 con su juego medroso y sus espantosos cambios.

Y luego el Timby salía de algún lado y se ponía a hablar de lo chingón que era su América, y que las pinches Chivas apestosas se iban a ir a jugar contra los Leones Negros en el ascenso. Le decíamos que dejara de mamar con su pinche club sobrevalorado por Telerisa, y el presidente de Periodismo nada más se reía, mientras yo lo hacía para mis adentros al ratificar que él era americanista hasta en su anatomía, ya que tenía el cuello de Cuauhtémoc Blanco y la complexión robusta de Salvador Cabañas. Después aparecía el esperanzado patológico de Luis, y decía que arriba el Atlas aunque gane, y nosotros le respondíamos que cuando les iban a pagar a sus jugadores, antes de que TV Azteca comprara al equipo. Al mismo tiempo, se arrimaba Arturo Ramírez Gallo y nada más se reía y decía a todo “no mames” mientras improvisábamos chistoretes. Pero finalmente todos se tenían que ir a alguna parte, y yo les decía, “hay que vernos de nuevo”, y el Toño decía, “claro que sí tocayo”, y tú decías “cuando quieras”, y nos alejábamos mientras ondeábamos las palmas, y yo ya buscaba un baño porque tenía ganas de mear.

domingo, 29 de noviembre de 2015

"No sufras más, no llores más, que yo ya te esperaré"

Ensayos e historias inspiradas en “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury.
O cómo combinar la literatura con la vida.

Por Andrés Gallegos

I

Mi madre ha llorado muchas veces por culpa mía.

Cuando era niño, ella me visitó en el Internado donde yo estudiaba la primaria. Solo la podía ver los fines de semana, pero en aquella tarde de martes (¿o era miércoles?), estaba allí, toda para mí. Pero me dio pena besarla enfrente de mis compañeros, y la traté como una desconocida. Gruesas gotas de lluvia cayeron sobre aquellas mejillas alborozadas y coquetas, listas para que su niño pudiera divertirse con ellas. Pero el hijo fingió estar aburrido.

Bloqueado ante la imposibilidad (y la indisponibilidad) de escribir la tesis de maestría, yo quemaba las horas de los días con obsesión de pirómano. Como Nerón, incendiaba las fortalezas de mi vida por locuras instantáneas. Mi madre derramó lágrimas que humedecieran la aridez de mi conducta. Pero nada conseguía que mis semillas brotaran de la tierra.

Muchas veces me he preguntado cómo una madre puede amar pese a tantos pesares. Ante tantas muertes que le provocan los hijos, ella responde con la vida. Ante la culpa, opone el olvido. Ante las ofensas, las palabras de amor. Mis manos, brutas y rústicas, son incapaces de reconstruir los destrozos en apariencia irreparables del dolor. Pero ella me ofrece las suyas, pide que me sujete con firmeza a sus palmas y dedos.

Abraza a la vida, no la cuestiones. Solo ama sin memoria, para que todo sea como siempre ha sido y será.

“Silencio – La vieja guiñó un ojo brillante - ¿Quién es usted para discutir lo que pasa? Aquí estamos, ¿Qué es la vida de todos modos?, ¿Quién decide por qué, para qué o dónde? Solo sabemos que estamos aquí, vivos otra vez, y no hacemos preguntas. Una segunda oportunidad (…)” 

“¿Qué más natural?¿Qué más inocente?¿Qué más sencillo?. Un hombre no hace muchas preguntas cuando su madre vuelve de pronto a la vida. Está demasiado contento” (La tercera expedición).

II

Mis padres llevan 27 años de casados por el registro civil, y casi 20 mediante la iglesia. Las quejas sobre el otro son constantes. Tu padre es un huevón, atenido que todo quiere que le den en la boca al niñito. Tu madre está loca, ponte trucha, mijo, para que no te toque una vieja como esta. ¿Cómo pueden llevar tanto tiempo, juntos, dos personas tan detestables la una para la otra?

Creo que muchos matrimonios perfectos se desmoronan precisamente por aferrarse a ese ideal. Exigimos pureza y eternidad a emociones más bien inestables, abrasivas, febriles y perecederas. Un amor que se apoye en las inmundicias es, paradójicamente, el más limpio. ¿Han oído la frase “te amo como un buen cagar”?. La evacuación de la mierda, la más prosaica de las funciones corporales, es la que determina el funcionamiento del cuerpo.  A nadie le gustan los amoríos demasiado estreñidos o esos amores miedosos y timoratos que provocan chorrillo. Pienso que mis padres permanecen unidos porque han sabido trasladar la filosofía del retrete a la vida.

 “A lo lejos oía a su marido que tocaba el libro una y otra vez, sin que los dedos se le cansaran jamás de las antiguas canciones. Y deseo en silencio que él volviera a dedicar mucho tiempo a abrazarla y a tocarla como un arpa pequeña, como tocaba ahora esos increíbles libros.

Pero no. Meneó la cabeza, con un imperceptible encogimiento de hombros. Los párpados se le cerraron sobre los ojos amarillos. El matrimonio nos avejenta, nos hace rudimentarios, pensó” (Ylla)

III

Cada vez que un político, empresario, o esos híbridos entre oradores motivacionales y pastores religiosos que se hacen llamar “emprendedores”, hablan de elevar el número de estudiantes ingenieros, me pongo nervioso. No porque tenga algo en contra de las ingenierías o las ciencias exactas, sino por el abierto desdén a la educación integral del ser humano en beneficio del mercado. No hablan de formar mejores ingenieros o técnicos, sino de incrementarlos, para que el capital tenga “mente de obra”, que no es más que un eufemismo para referirse al nuevo obrero del Siglo XXI, uno con conocimientos específicos y mejores salarios que el trabajador industrial o de maquila tradicional, pero igual de manipulable y desechable por los nuevos patrones.

La famosa innovación no se enfoca en la creatividad del arte o la poesía, sino en la generación de “nuevas ideas” que abran nuevos mercados a explotar por parte de un capital camaleónico. Emprender dejó de ser un punto de partida para la ejecución de proyectos de vida, sino una estrategia de captación de consumidores inéditos. Pero acudes a las bibliotecas de las universidades que defienden estos modelos de formación, y hay más mesas y conexiones para computadoras, que literatura clásica. Los salarios que ganan estas mentes brillantes las invierten en celulares ultramodernos y canciones de artistas pop, para que así el dinero fluya donde tiene que fluir. Plataformas tecnológicas usadas para la disponibilidad abierta de conocimiento o germen de movimientos sociales, se aprovechan para comprar productos de manera más rápida por Internet o con un vago “hacer la vida más fácil” a frecuentadores de antros o directores de ventas.  Mente de obra. Jamás una expresión fue mejor aplicada.

Como Spender, me niego a que la filosofía y el arte, esas cosas de marcianos, perezcan.

 “Los marcianos sabían cómo unir el arte y la vida. El arte fue siempre algo extraño entre nosotros. Lo guardamos en el cuarto del loco de la familia, o lo tomamos en dosis dominicales, tal vez mezclado con religión”.

“Nosotros, los habitantes de la Tierra, tenemos un talento especial para arruinar las cosas grandes y hermosas”.

“Lo que es raro no es bueno” (Frases de Spender en “Aunque siga brillando la luna”)

IV

Mi abuela materna abandonó la Tierra en medio de juegos de lotería, canciones y cigarros a escondidas. Aunque en sus últimos días tenían que cargarla para llevarla al baño, doña Sara mantuvo la vitalidad de espíritu llevando a rastras un cuerpo ya moribundo y reseco. Se molestaba de las necedades de sus hijas, que a cada rato le llevaban una almohada, las pastillas, el plato de comida que debía degustarse de cierto modo o el inhalador para el asma que nunca aprendió a usar. Era más feliz cuando las nietas, que se volvían igual de hijas de la chingada que las hijas, le presentaban a esos bebés que la llamaban “biscabuela” y le tocaban la cara como quien toca el tronco de un árbol. Su corazón latía en el presente, sin importar que su futuro estuviera repleto de ruinas por su enfisema pulmonar.

Al lado de su viejito, Doña Sara navegaba su barco hacia océanos que ningún cartógrafo registra en sus mapas.  Mientras mi abuelo tocaba la guitarra, ella caminaba a su ritmo forzando las últimas zancadas de su voz áspera al ritmo de una canción que combinaba el castellano con el purépecha.

“Flor de canela, suspiro y suspiro porque me acuerdo de ti”.

Sus hijas, afligidas por el declive de aquella montaña que algún día vieron desde la cima, comían chile de molcajete y cortaban cebollas para la salsa de la comida, para de algún modo disfrazar la tristeza ante aquellos acordes tan melancólicos y vivos.

“No sufras más, no llores más, que yo ya te esperaré”

“¡Pero las ruinas lo demuestran! Demuestran que yo soy el futuro, que yo estoy vivo, que tú estás muerto.

- Todo en mí lo desmiente. Me late el corazón, mi estómago siente hambre, mi garganta sed. No, no. Ni muertos, ni vivos, más vivos que nadie, quizá. Mejor, entre la vida y la muerte. Dos extraños cruzan en la noche. Nada más. Dos extraños que pasan. ¿Ruinas dijiste?

- Sí. ¿Tienes miedo?

- ¿Quién desea ver el futuro? ¿Quién ha podido desearlo alguna vez? Un hombre puede enfrentarse con el pasado, pero pensar... ¿Has dicho que las columnas se han desmoronado? ¿Y que el mar está vacío y los canales, secos y las doncellas muertas y las flores marchitas?- El marciano calló y miró hacia la ciudad lejana. - Pero están ahí. Las veo. ¿No me basta? Me aguardan ahora, y no importa lo que digas.

Y a Tomás también lo esperaban los cohetes, allá a lo lejos, y la ciudad, y las mujeres de la Tierra.

 - Jamás nos pondremos de acuerdo - dijo.

 - Admitamos nuestro desacuerdo - dijo el marciano -. ¿Qué importa quién es el pasado o el futuro, si ambos estamos vivos? Lo que ha de suceder sucederá, mañana o dentro de diez mil años. ¿Cómo sabes que esos templos no son los de tu propia civilización, dentro de cien siglos, desplomados y en ruinas? ¿No lo sabes? No preguntes entonces. La noche es muy breve. Allá van por el cielo los fuegos de la fiesta, y los pájaros.” (Encuentro nocturno).

V

Ray Bradbury, autor de "Crónicas Marcianas"
Cuando hablamos de manera informal, es sorprendente la facilidad con la que mandamos a chingar a su madre a todo y a todos. “Entonces un cabrón me dijo quién sabe qué y yo le dije, ‘pues si no te gusta puedes irte mucho a la verga’”. Y acto seguido todos ríen y celebran. Aconsejamos del mismo modo. “Pues si la morra te tiene todo bajoneado, mándala directito a chingar a su madre, viejas hay un chingo”. Los psicólogos también lo hacen, aunque ellos utilicen términos como “deshacerte de tus traumas”, “dejarlo todo atrás”, “trasciéndelo” o similares.

Pero en nuestra vida cotidiana, las dependencias son demasiado fuertes para abandonarlas. Queremos dejar de perder el tiempo en Internet, y todos los días estamos con la computadora encendida. Fomentamos relaciones destructivas con el agrado de un masoquista. Trabajamos en chambas que no nos gustan. Prometemos que iremos a visitar a los tíos o a los abuelos, pero nos quedamos en casa. Mandar a la chingada es fácil. Cuando llega el momento de pasar a la práctica, los miedos son los que nos chingan a nosotros.

“El coche se alejó balanceándose en el polvo. El muchacho se incorporó, se volvió, acercó las manos a la boca, y gritó por última vez: - ¡Señor Teece! ¡Señor Teece! ¿Qué va a hacer ahora por las noches? ¿Qué va a hacer por las noches, señor Teece?

Silencio. El automóvil se alejó por el camino y desapareció.

- ¿Qué diablos quiso decir? - murmuró Teece pensativo -. ¿Qué voy a hacer por las noches?

Miró cómo el polvo volvía a posarse en el camino, y de pronto comprendió”. (Un camino a través del aire).

VI

Con el silencio, la mamá grande construye la fortaleza de su alma. La rutina analgésica alivia el transcurrir de los días. Va a la carnicería, riega las plantas, lava la ropa, hace de comer a sus hijos, y de vez en cuando, a los nietos que muy a la fuerza la visitan. No comprenden la pedagogía formadora de su mamá grande, repleta de comentarios con doble intención, alusiones sibilinas a la gordura o delgadez de los vientres, y observaciones que paralizan a los niños y enrojecen a los padres. Visitarla es ejercer un simulacro permanente. El silencio de la mamá grande es capaz de despedazar obras de teatro mal montadas, por lo que hay que tener sensibilidad dramatúrgica para ponerla feliz, aunque no lo exprese verbalmente.

Ni aún con todos sus hijos reunidos para beber, comer y hacerla sentir especial, la mamá grande se siente plenamente satisfecha. La elocuencia de su silencio adquiere un tinte nostálgico. Falta alguien en la mesa. Trata de encontrar esa ausencia en los rostros de las ahijadas, imperfectas para ser esposas de sus adoradas criaturas, o en los nietos, demasiado callados, juguetones, feos o malcriados para sus exigentes estándares. Su obsesiva búsqueda, siempre enmudecida, es incomprendida por la gente que solo conoce a la mamá grande desde la superficie, y la cree hostil, amarga. La niña, su niña, que antes reía en sus brazos se marchó demasiado pronto, como los otros. Pero mientras los demás ya regresaron con ella, ésta hija perdida aún no ha podido encontrar el camino de vuelta.

“En todo el trayecto la revelación repentina, el destello de unos ojos familiares, el grito de un viejo, viejo nombre, los recuerdos de otros tiempos, la muchedumbre cada vez mayor. Todos lanzándose hacia delante mientras, como una imagen reflejada en diez mil espejos, diez mil ojos, el sueño fugitivo viene y va, con una cara distinta para todos, los que le preceden, los que vienen detrás, los que todavía no se han encontrado con él, los aún invisibles.

Y ahora todos estaban allí, al lado de la lancha, reclamando sus sueños. Del mismo modo - pensó La Farge -, nosotros queremos que sea Tom, y no Lavinia, no William, ni Roger, ni ningún otro. Pero todo ha terminado. Esto ha ido demasiado lejos” (El marciano)

VII

Los dos hermanos fueron al Norte a buscar trabajo. Nunca encontraron uno estable. Los campos de fresas y uvas de California ya guardan para sus visitantes el boleto de vuelta. Su presencia es útil mientras se recoja la cosecha, luego, cierren la puerta al salir.

En casa, sus padres, casi ciegos, los esperan en un taller habilitado como casa, en una colonia con arroyos de tierra. La madre se acaba la vista pintando uñas y cosiendo manteles. El padre desgasta sus córneas con los tornillos y los fierros de los pocos coches que le dan para arreglar. Devotos de las familias estables, ven como sus hijos, orillados por la falta de empleo y los desengaños de amores pasajeros, desgastan días de su vida en familias fracturadas. A la madre, beata de iglesia, la torturan con nuevas noticias: el marido vive con otra, los niños aún no llegan de Estados Unidos, la hija ya le hizo ojitos a otro hombre que no es su esposo, “¿y que va a pasar con mis nietos?. ¡Dios bendito, ten piedad de mí!.

Pero los hijos siempre vuelven. Expulsados de Estados Unidos, regresan con esposas más pacientes que Penélope y niños hermosos que apenas les reconocen sus caras cambiadas por el sol y sus dedos ultrajados por la maleza. Sigue sin haber trabajo estable, pero están donde tienen que estar. En familia, el sueño siempre anhelado por la sufrida madre.

“- ¿Has tenido noticias de Ted este año?

- Y... ya sabes, con un franqueo de cinco dólares por carta no escribo mucho a mi hermana.

VUELVAN.

 - ¿Qué será de Jane? ¿Te acuerdas de mi hermanita Jane?

VUELVAN.

A las tres, en la helada madrugada, el dueño de la tienda de equipajes alzó los brazos. Calle abajo venía mucha gente.

- No he cerrado a propósito. ¿Qué desea, señor?

 Al amanecer, las maletas habían desaparecido de los estantes” (Los Observadores)

VIII

Por equivocación, una mujer marca a mi celular. Después, me manda mensajes de texto preguntándome quién soy. “Es que tu voz me pareció linda”. Mi extrema cautela me hace imaginar a algún extorsionador, un tratante de blancas, o un viejo cuarentón pervertido, detrás de la línea. Marco a su teléfono, y me contesta una voz de mujer. Dice que tiene 27 años, y que se llama Lety. Asegura que tiene muchas ganas de conocerme.  Días después, impulsado no sé muy bien por qué razón, la invito al cine.

Mi curiosidad hacía aquella voz se convierte en una divertida ensoñación. La imagino con el pelo ondulado y largo como un rollo de papiro, unos ojos verdes (¿o negros?) que escudriñan mi rostro como encontrando las partes de mi cara predilectas, unas piernas largas y brillantes como dos columnas de plata. La tomo de las manos, mientras le digo, “me dio mucho gusto conocerte”, y ella me responde, “a mí también, ¿podemos vernos otra vez?”, y yo le respondo que sí, que no hay problema, que mis fines de semana están libres y, ella me dice que por favor le llame, que allí tienes mi número para lo que se te ofrezca…

Dos horas antes de la hora convenida, ella cancela.

Entre dormido y despierto, Gripp murmuraba: Genevieve. Genevieve. Oh, Genevieve, dulce Genevieve, cantó suavemente, los años vendrán, los años se irán, pero Genevieve, dulce Genevieve... Tenía una sensación de calor. Oía aún la voz fresca y dulce que susurraba, cantando: ¡Hola, oh hola! ¡Walter! No es una grabación. ¿Dónde estás, Walter? ¿Dónde estás?

Suspiró y alargó una mano hacia Genevieve a la luz de la luna. Los largos y oscuros cabellos flotaban en el viento. Eran muy hermosos. Y los labios, como rojas pastillas de menta. Y las mejillas, como rosas recién cortadas. Y el cuerpo, como una neblina clara y suave. Y la tibia y dulce voz le cantaba una vez más la vieja y triste canción: Oh, Genevieve, dulce Genevieve, los años vendrán, los años se irán... (Los Pueblos Silenciosos)

lunes, 10 de agosto de 2015

La peor película de la historia

Por Andrés Gallegos
Un capítulo de Los Simpson define "hacer un Homero" como "triunfar a pesar de la idiotez". Tommy Wiseau cumplió esto en la realidad. Un gran incompetente, de orígenes desconocidos, se empeñó en hacer SU película, SU obra maestra, con el mismo talento de un Ed Wood Jr. Consiguió 6 millones de dólares sabrá Dios de dónde, promocionó su opera prima con un espectacular más bien espeluznante, se comparó a si mismo con Tennessee Williams, y finalmente, sacó a la luz el filme más nefasto y desastroso de la historia del cine. Y sin embargo, logró triunfar a pesar de la idiotez.
En 2003, cines estadounidenses estrenaron "The Room". Contaba la historia de Johnny, un portento de virtudes al que su desconsideraba mujer le ponía los cuernos con su mejor amigo, Mark. El drama amoroso era dirigido, escrito, editado, producido y financiado por el hombre orquesta, Tommy Wiseau, que además hacia el papel de Johnny. Por allí había unas tramas secundarias; la mama de Lisa (la esposa infiel) sufría de cáncer y le pedía a su hija que no dejara al marido por su trabajo bien remunerado, un tal Denny tenía problemas con la droga, y todos abrían puertas y jugaban al futbol americano. Consiguió 1800 dólares en recaudación, por dos semanas de exhibición, con gente pidiendo su dinero de regreso media hora después de entrar a la sala.
Todo en la película era fallido. Wiseau era un pésimo actor y sus acompañantes lo equiparaban en incompetencia. La narrativa carecía de coherencia y los personajes eran realmente estúpidos. Casi toda la cinta se realizó en una casa con recursos precarios, y el espectador se preguntaba si esa mierda que veían costaba realmente los 6 millones de dólares que decía valer. La música parecía de película porno. La edición era vergonzante, con escenas totalmente innecesarias y sin ninguna influencia en el desarrollo de la historia. En síntesis, era una telenovela mal hecha, con actuaciones peores que "La Rosa de Guadalupe" y con diálogos igual de imbéciles. El sueño de Wiseau de triunfar en el cine era más sombrío que la foto de él mismo en el espectacular, una mirada perdida y delincuente que se asemejaba más a una historia de terror que un apestoso triángulo amoroso.

Un hombre sin nada que hacer superó la cobardía y se animó a pagar por ver "The Room", agonizante en una sala de cine con las butacas vacías como testimonio de su pronta muerte. El tipo se quedó los 100 minutos que duraba la historia y salió feliz. Recomendó el filme a su grupo de amigos y a todos los lectores de una web humorística en la que trabajaba. La ridiculez de la película era tan asombrosa que hacía reír a carcajadas."The Room" encontró su vocación en la comedia involuntaria. El desastre cinematográfico de Tommy Wiseau era tan estúpido que debía celebrarse.
"The Room" se convirtió en la película estrella de los clubes de cine serie B. Miles de fanáticos y cinéfilos se reúnen a ver esta abominación, en una manifestación colectiva de sarcasmo, en una festividad de lo deforme y lo grotesco, como en los circos ambulantes. Ir a la sala de cine a ver este filme es un ritual al revés, prohíbe los silencios contemplativos y promueve los silbidos y el desmadre. La participación activa del espectador motiva al director a hacer presentaciones de su obra maestra antes y después de la proyección, cobijado por el júbilo de sus fans, y a venderles la película en DVD y Blu-Ray.
Los fans de Wiseau le gritan "puta" a Lisa y tararean la música porno que ponen en cada escena de sexo. Dicen "cuchara" cuando aparece alguna en pantalla y cuentan las puertas que se abren y cierran en la casa de Johnny. Corean los diálogos más idiotas, como "No puedo decírtelo, es confidencial. En otra cosa, ¿como está tu vida sexual?", "Es mierda, no la he golpeado, no lo hice. Oh, Hola Mark" o "Me estás destrozando vivo, Lisa", imitando las nulas habilidades histriónicas de Tommy Wiseau. Pasan por alto que Lisa sepa que su madre tiene cáncer de mama y reaccione como si le no le importara, que el tal Denny quiera acompañar a Johnny y Lisa mientras estos hacen el amor, que los amigos de Johnny se lancen un ovoide vestidos de traje y corbata o que al protagonista apenas se le entiende lo que dice. Aprueban que el protagonista entre a una florería, salude a un perro y a la dependiente, compre unas flores y salga del lugar en 15 segundos. Hasta celebran que muestre su culo sin censura, una estratagema del propio Wiseau para vender su cinta, argumentando que a Brad Pitt le funcionó hacer lo mismo.
El artista desastroso, como lo define Greg Sestero (actor que estelarizó a Mark), encontró reconocimiento gracias a su miseria. En "Ed Wood Jr,", de Tim Burton, el peor director de todos los tiempos tiene una plática de extremos opuestos con su ídolo Orson Welles. Su equivalente moderno Tommy Wiseau, el hombre misterioso que dijo haber financiado su película vendiendo chamarras de cuero, encontró su equivalente con Welles cuando los críticos llamaron a su obra "el Ciudadano Kane de las malas películas". Será un pésimo cineasta, con una película desastrosa, pero al igual que Ed Wood, hay algo de conmovedor en su incompetencia. El fracaso le dio fama a un espeluznante hombre de pelo largo y cara desvencijada, más parecido a un rockero avejentado. Próximamente Hollywood y James Franco contarán su historia. Triunfó a pesar de la idiotez.

Video donde pueden revisar un resumen de la pobreza hilarante de "The Room":